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Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 2 de 24

Capítulo 2: Las escaleras

En casa de sus suegros, Oriana finge una crisis y Claudio empuja a Javiera por la escalera.

Claudio llegó a las dos de la madrugada, y no preguntó dónde había estado yo.

Me encontró sentada en la cama del dormitorio del penthouse, con la lámpara encendida y la maleta cerrada a los pies.

Se aflojó la corbata, se sentó en el borde del colchón, y se frotó la cara con las manos.

"Fue una estupidez", dijo. "Lo sé."

"Sí."

"No pensé que te lo tomarías así."

"¿Cómo pensabas que me lo tomaría?"

"Con humor."

Casi me río.

"Te amo, Javiera. Sabes que te amo."

"Lo sé que lo crees."

"Oriana está destrozada. Dice que no quiere volver a verte."

"Qué alivio."

"No es justo. Es mi amiga de toda la vida."

"Y yo tu esposa de tres años."

Se acostó de espaldas, con el brazo sobre los ojos.

Me quedé mirándolo.

Pensé en decírselo en ese momento.

Estoy embarazada, Claudio.

Tuve la frase entera en la lengua.

Pero el hombre que se había arrodillado esa noche ante otra mujer no merecía ser el primero en oírla, y me guardé la noticia.

Un día se la diría.

Cuando él supiera cuál de las dos cosas pesaba más.

Al día siguiente, domingo, tocaba almuerzo en casa de mis suegros, en Vitacura.

Fui, por no dar a doña Gilda la satisfacción de mi ausencia.

Claudio manejó en silencio, con los nudillos blancos en el volante.

La casa de los Echenique era una mansión de piedra gris, con un jardín de rosales perfectos y una escalera de mármol en el vestíbulo, de doce peldaños, que subía en curva hacia el segundo piso.

Siempre me había dado vértigo.

Doña Gilda nos recibió en el vestíbulo, con un vestido azul pálido y un collar de perlas.

"Qué bueno que vinieron", dijo, besando el aire junto a mi mejilla. "Oriana está arriba, descansando. Pobre niña, no ha dejado de llorar."

"Es comprensible", murmuré.

"Claudio, hijo, ve a verla."

"Mamá, ahora no."

"Por favor."

Claudio dudó, me miró de reojo, y subió.

Doña Gilda me tomó del brazo.

"Querida, hablemos."

"No hace falta."

"Oriana es parte de esta familia. Siempre lo será. Una esposa debe aprender a compartir lo que no le pertenece."

"¿Y un marido?"

"Un marido es otra cosa."

Retiré el brazo.

"Con permiso, doña Gilda."

Iba a pasar junto a ella cuando se oyó un grito agudo, en lo alto.

"¡Claudio!"

Era la voz de Oriana.

Levanté la cabeza.

Arriba, en el descanso de la escalera, Oriana estaba apoyada en la baranda, pálida, con una mano en el pecho.

Respiraba entrecortado, como si se ahogara.

"Me falta el aire", gimió. "Me falta... ayúdame..."

Claudio salió corriendo de una puerta lateral, con la cara desencajada.

Bajó los primeros peldaños para llegar hasta ella, y yo, sin pensarlo, subí los míos para ayudarlo.

"Déjame ver", dije. "Es una crisis de ansiedad, hay que..."

"¡No la toques!"

La voz de Claudio me detuvo.

Oriana me miró desde arriba.

Por un instante, un solo instante, vi sus ojos fríos y claros.

Después volvió a abrirlos en blanco, y su cuerpo se dobló hacia adelante.

Claudio la sostuvo contra el pecho.

"¡Quítate!", me gritó. "¡Quítate, Javiera, la vas a ahogar!"

Y me empujó.

No fue un empujón fuerte.

Fue el gesto rápido de un hombre que aparta algo que le estorba.

Su brazo me golpeó el hombro, perdí el equilibrio en el tercer peldaño, y mi talón resbaló sobre el mármol pulido.

Intenté agarrarme de la baranda.

Mis dedos rozaron el bronce.

Y caí.

Rodé hacia atrás, golpeándome la espalda, las costillas, el vientre, contra los escalones de piedra.

Todo se volvió ruido y vueltas.

Cuando por fin dejé de rodar, estaba boca arriba en el vestíbulo, con la mejilla contra el mármol frío.

Oí el grito de doña Gilda, que no llegó a ser un grito.

Oí a Claudio decir mi nombre, lejos, muy lejos, mientras sostenía a Oriana.

Sentí un calor húmedo entre las piernas.

Bajé la mano.

Cuando la subí a la altura de los ojos, estaba roja.

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