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Amor, Traición y Venganza: mi segunda vida, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Nubia

Zoraida ve viva a la novia de Uriel, y Nubia le dice que la boda era un papel por un año.

Dormí tres horas, y las tres horas soñé con agua.

A las seis ya estaba en la cocina de mi apartamento, con el café frío y Bastián sentado en su silla alta, aplastando banano con una cuchara.

Lo miré comer, y sentí que podía contar cada respiración.

Mi padre llamó a las siete.

"Hermelinda me escribió", dijo, sin saludar. "Dice que te portaste como una niña."

"Dice lo que le conviene."

"Hablamos esta tarde, en la oficina."

"Esta tarde no puedo, usted."

"Zoraida."

"Esta tarde tengo una cosa que hacer."

Colgué antes de escuchar su respiración enojada.

Era la primera vez en mi vida que le colgaba a mi padre.

Y me temblaba la mano, pero no por miedo.

Dejé a Bastián con la señora que lo cuidaba por las mañanas, y tomé un taxi hasta Getsemaní.

La panadería de Nubia Racines tenía un letrero amarillo y una fila de tres personas en la puerta.

El olor a pan caliente me detuvo en la esquina.

En la otra vida yo sabía de ella un solo hecho: que había muerto el día de mi boda.

Una carta, una baranda, el mar.

Nunca me había preguntado cómo se llamaba el pan que hacía.

Entré a la panadería y la vi.

Estaba detrás del mostrador, con una pañoleta amarilla y harina hasta los codos.

Tenía los ojos oscuros, la mandíbula firme y una risa pronta para cada cliente.

Viva.

Me quedé parada en medio del local, con el bolso en las dos manos, mirándola como una tonta.

"¿Va a pedir, señora?", dijo ella, sin sonreír ya.

"Sí", dije. "Un pan de queso."

"¿Para llevar?"

"Para comer aquí."

Me senté en el único banco libre, y ella me trajo el pan en una servilleta.

Estaba caliente, dulce de queso, perfecto.

Lo mordí, y tuve que fingir que me había atragantado.

Cuando la fila se acabó, Nubia se acercó a mi mesa, con los brazos cruzados.

"Tú eres Zoraida Mendivil", dijo.

"¿Cómo lo sabes?"

"Mi novio me enseñó una foto tuya. Me dijo que eras una mujer que lo perseguía."

"¿Tu novio?"

"Uriel Fontalvo."

Dejó caer el nombre como un platón de vidrio.

Esperé a que se rompiera en el piso.

"Siéntate, Nubia", dije.

"Estoy trabajando."

"Un minuto."

Se sentó, rígida.

"Uriel no es quien dice", empecé.

"Eso me dijo él de ti."

"¿Y qué te dijo?"

"Que tuviste un niño y quieres meterlo en su vida a las malas. Que tu papá es dueño de media Cartagena y que van a destrozar a su familia si no se casa contigo."

"Eso último es cierto."

Nubia abrió la boca, y volvió a cerrarla.

"Mi padre puede hacerlo", dije. "La deuda de los Fontalvo es suya. Pero no lo hará, porque yo no voy a pedírselo."

"¿Y entonces por qué vienes?"

"Porque va a pasar algo parecido a esto, y tú vas a estar en medio."

"Qué dramática."

"Nubia", dije, y la voz se me quebró un poco, "¿quién te dio el dinero para el horno nuevo?"

Ella se puso blanca.

"No te metas con mi negocio."

"¿Fue la señora Hermelinda?"

"Fue un préstamo. A una tasa que podemos pagar."

"¿Quién firma la hipoteca del local?"

"Mi papá. Y tiene una fecha. Y la vamos a cumplir."

"Fíjate bien en el nombre del acreedor."

Se quedó callada.

Luego se levantó, entró a la trastienda y volvió con una carpeta manchada de aceite.

Pasó las hojas con un dedo temblón.

Sobre una línea impresa, en tinta negra, decía: Hermelinda Fontalvo.

"Mi suegra", susurró.

"Todavía no es tu suegra."

"Es la mamá de Uriel."

"Y es la dueña de tu local."

Nubia cerró la carpeta de golpe.

"Lo sabía", dijo. "Lo sabía y no quise pensarlo. Ella se ofreció a ayudarnos cuando nadie quiso. Pensé que me quería."

"Te quiere agradecida."

"Y tú qué sabes."

"Sé que cuando una mujer así te presta dinero, te cobra con otra cosa."

Se rio, corta, dura, sin alegría.

"Qué conveniente que vengas a decirme esto el día después de que te dejaron plantada."

"No me dejaron plantada. Yo me fui."

"Ah."

"Yo dije que no."

Nubia me miró largo.

Había en su cara lo que yo le había visto, de lejos, en una foto de periódico en la otra vida: orgullo y miedo, juntos.

Entonces dijo despacio, escogiendo cada palabra:

"Uriel me avisó anoche que tenías planes. Me dijo que, pase lo que pase, no me preocupe. Que se iba a casar contigo un año, un papel, y que después nos íbamos a ir a Santa Marta."

El pan se me volvió ceniza en la boca.

Un año.

Un papel.

Era el cuento con que lo habían convencido a él, o era el cuento con que la habían convencido a ella.

"¿Y tú le crees?", pregunté.

"Lo amo."

"Eso no es lo que pregunté."

Nubia se levantó, tomó mi plato vacío y lo llevó al mostrador sin mirarme.

"Uriel me dijo", repitió desde allá, de espaldas, "que tú ya lo sabías."

"¿Qué sabía?"

"Que era un papel, Zoraida. Un año. Dijo que tú aceptaste."

Sentí que el piso de la panadería se inclinaba.

Yo no había aceptado nada, ni en esta vida ni en la otra.

Pero alguien estaba contando mi historia antes de que yo la viviera.

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