La Dulce Leche De Mi Suegra, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La receta
Isaac y Delfina cruzan la línea sobre el escritorio del consultorio. Ella no deja que sea un error.
La corbata se me tensó alrededor del cuello y mi cara quedó a diez centímetros de la suya.
Olía a leche tibia, a jabón de rosas y a mujer.
"Delfina", dije. "Soy tu médico."
"Eres un hombre", respondió ella. "Un hombre que lleva tres semanas durmiendo con el traje de novio colgado en el clóset."
Me quedé sin aire.
"¿Cómo sabes eso?"
"Porque Regina me lo contó todo en su mensaje de despedida. Dijo que eras bueno, aburrido y que ya no te soportaba."
"Qué amable."
"Mi hija tiene muchas cosas, Isaac. Ninguna de ellas es criterio."
Me soltó la corbata, y en vez de alejarse me puso la mano abierta en el pecho, sobre la bata.
"Te vine a buscar", dijo en voz baja. "No por la leche. La leche es verdad, el dolor es verdad."
"Pero esta mañana me miré el cuerpo entero en el espejo."
"Pensé: si me va a tocar alguien, que sea alguien que no me haga sentir vieja."
"No eres vieja."
"Tampoco soy tonta. Y tú me estás mirando como si quisieras comerme."
Dejé caer el sacaleches en la charola.
Me quité los guantes con dos tirones y los tiré al bote.
"Dime que pare", dije.
"No."
"Delfina."
"Si me haces parar, Isaac, me levanto, me arreglo la blusa y me voy a mi hotel. Pero te juro que mañana vuelvo."
Cerré los ojos un segundo.
Después le agarré la cara con las dos manos y la besé.
Fue un beso feroz, de boca abierta, de lengua, de tres semanas de rabia y cuatro años de silencio.
Ella gimió contra mis labios y me clavó las uñas en la nuca.
Me jaló hacia la camilla, pero yo la levanté por la cintura.
La senté sobre el escritorio, encima de los expedientes y el teclado, con las piernas colgando.
Un montón de papeles cayó al suelo.
No me importó.
"Quítate la blusa", dije.
"Qué mandón."
"Eres tú la que me pidió una revisión completa."
Se rió con esa risa grave suya, ronca, que me hizo apretar la verga contra el pantalón.
Se quitó la blusa y el brasier empapado.
Sus pechos salieron pesados, llenos, redondos, con los pezones oscuros y duros, hinchados de leche.
Dos hilos blancos le corrieron hacia el vientre.
Me arrodillé frente al escritorio y le lamí uno, despacio, de abajo hacia arriba.
Era dulce.
Tibio, un poco espeso, con un sabor a vainilla y a crema.
Delfina soltó un gemido largo y me agarró del pelo.
"Isaac."
Lo chupé.
Le cerré los labios alrededor del pezón y tiré con la boca, suave al principio, después más hondo.
Sentí cómo la leche me llenaba la lengua.
Me la tragué.
Ella arqueó la espalda sobre el escritorio.
"Dios", jadeó. "Dios, qué alivio. Así. Más."
Pasé al otro pecho.
La mano me bajó solita entre sus muslos, bajo la falda enrollada, y le toqué el calzón de encaje.
Estaba empapado.
Se lo aparté con un dedo.
Su panocha era carnosa, oscura, abierta, con unos rizos castaños recortados y el clítoris hinchado asomando como un botón.
Le pasé el pulgar por encima, despacio.
Se estremeció.
"Hace cuatro años", repitió, mirándome con los ojos medio cerrados. "Cuatro años, Isaac."
"Te voy a recetar algo."
"Qué."
"Esto."
Le saqué el calzón por los tobillos.
Le abrí las piernas con las manos, las puse sobre mis hombros, y hundí la cara entre sus muslos.
Le lamí la panocha de abajo hasta arriba, con la lengua plana, y ella gritó.
Se tapó la boca con el puño para no despertar al edificio.
Sabía a sal, a mujer, a deseo.
La chupé, le metí la lengua, le rodeé el clítoris con círculos cortos y rápidos mientras sus talones se me clavaban en la espalda.
"Más fuerte", suplicó. "No pares. No pares nunca."
Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba.
Estaba tan mojada que se oyó el chasquido.
Seguí con la boca, con los dedos, con una paciencia que no sabía que tenía.
Sus caderas empezaron a empujar contra mi cara.
Sus pechos temblaban, y de los pezones empezó a caerle leche en hilos, sobre el vientre, sobre el escritorio.
"Me voy a venir", dijo. "Me voy a..."
Se vino.
Fue un orgasmo largo, que le recorrió todo el cuerpo.
Se arqueó, gritó contra el puño y apretó los muslos alrededor de mi cabeza.
De los dos pechos le brotó leche en chorros, tibia, cayéndome sobre el pecho y sobre la bata.
Me incorporé lamiéndome los labios.
Estaba empapado de ella.
"Eso", dije. "Eso era la revisión."
Todavía temblaba.
"No he terminado", susurró.
"Yo tampoco."
Me desabroché el pantalón y me bajé el bóxer.
Mi verga saltó libre, dura, gruesa, con la cabeza morada y brillante.
Delfina la miró.
Sus ojos color miel se oscurecieron.
"Ven aquí."
La tomó con la mano, la acarició de arriba abajo, la guió hacia su entrada.
"Delfina."
"Sí."
"¿Estás segura?"
"Lo estuve desde la sala de espera."
Empujé.
Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiéndola cerrarse alrededor de mi verga, estrecha, caliente, resbaladiza.
Los dos gemimos.
Me quedé hundido hasta el fondo, con la frente apoyada en la suya.
"Qué rico", susurró. "Qué rico, Dios."
Empecé a moverme.
Con embestidas largas, hondas, con el escritorio crujiendo debajo de nosotros.
Ella me rodeó la cintura con las piernas y me atrajo más.
Sus pechos rebotaban contra mi pecho, resbalosos de leche.
Mi bata, mi camisa, mi corbata, todo estaba mojado, y me daba lo mismo.
"Más duro", pidió. "No me trates como a una señora."
Se lo di.
La tomé de las caderas y la clavé una y otra vez, y el escritorio golpeaba contra la pared con un ritmo seco.
Ella me mordió el hombro.
Me arañó la espalda.
Me llamó doctor, me llamó Isaac, me llamó cabrón, y yo le agradecí cada nombre.
Cuando sentí que me venía, bajé la mano entre los dos y le froté el clítoris con el pulgar.
"Conmigo", ordené. "Otra vez, Delfina."
"No puedo."
"Sí puedes."
Se vino de nuevo, con un grito corto, apretándome tanto que perdí el control.
Me vacié dentro de ella con un gruñido largo, con la cara hundida en su cuello, mientras el cuerpo entero me temblaba.
Nos quedamos así, pegados, jadeando.
Afuera ya era de noche.
Delfina me acarició el pelo sudado.
"¿Sabes qué es lo más raro?", dijo.
"Dime."
"Que ya no me duele nada."
Reí contra su piel.
Ella estiró la mano hasta mi bloc de recetas, que había sobrevivido en una esquina del escritorio, y tomó una pluma.
Escribió algo y me arrancó la hoja.
La leí.
"Dos veces al día. Con compañía. Mínimo por cuatro semanas."
Debajo, una firma: "Dra. Delfina."