Me Exhibió por una Canasta Navideña, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: La canasta
Wilmarie descubre que su exmarido pagó el video y encarga las canastas a una cooperativa de mujeres de Orocovis.
Le dije a Clemente que se sentara.
Se sentó en el borde de la silla, con la gorra en la rodilla, como quien espera que lo despidan.
"Chef."
"Dígame."
"Tutéame."
"Cómo no."
"Y cuéntame todo."
Contó.
Un primo suyo trabajaba en una productora de videos en Santurce, Estudio Marea.
Esa mañana le había enviado un mensaje preguntando si Clemente conocía a la muchacha del video viral.
La productora había recibido cientos de llamadas de prensa.
"¿Por qué a la productora?"
"Porque ellos hicieron el video."
Lo miré sin parpadear.
"El video lo hicieron en un fin de semana."
"El guion, la edición, la música."
"Les pagaron un paquete de tres videos más, por si el primero pegaba."
"La muchacha fue a grabar el sábado pasado."
"Lloró en la primera toma, le dijeron que lo hiciera más fuerte, y ella lo repitió cuatro veces."
"¿Quién pagó?"
Clemente sacó su celular.
Me mostró una foto de una factura.
Tenía el membrete de Estudio Marea y una línea al pie: "Cliente: Cintrón Consultores, S.E."
El nombre me cayó como una piedra.
"Arnaldo."
"¿Lo conoces?"
"Estuve casada con él seis años."
Clemente no dijo nada.
Dejó el celular sobre el escritorio.
Me levanté.
Caminé por la oficina, con las manos en las caderas, tragando saliva.
Arnaldo Cintrón.
Treinta y nueve años, mi exmarido, mi socio con el treinta por ciento, el director financiero de Casa Brisa.
El hombre que firmaba las nóminas.
El hombre que, desde el divorcio, me miraba en las juntas como quien espera que una silla se rompa.
"Siempre odió el Fondo Rosa", dije. "Decía que era un derroche sentimental. Que con quinientos mil al año se podía abrir otro hotel."
"¿Y tú?"
"Yo le dije que era mi plata."
"¿Y ahora?"
"Ahora me quiere fuera."
"¿Fuera de qué?"
"De la presidencia."
"Con una campaña de desprestigio, una junta de emergencia, un voto del inversionista que nos queda." Me volví hacia él.
"Arnaldo siempre planea con paciencia."
Clemente se apoyó contra el respaldo.
"Entonces el video no era solo contra ti. Era para que los empleados te dieran la espalda."
"Y no solo los empleados."
"La opinión pública."
"Los clientes."
"El inversionista."
Nos quedamos en silencio.
Tocaron la puerta.
La gerente de Recursos Humanos entró con el rostro iluminado, sosteniendo el celular.
"Wilmarie, tienes que ver esto."
Tomé el teléfono.
En la pantalla había otro video.
Más corto, sin edición, grabado en vertical.
La cocinera de trenza gris, con su delantal, hablaba a la cámara con la voz firme.
"Soy cocinera de Casa Brisa desde hace nueve años. Quiero decir la verdad."
Se me aflojó el estómago.
"Doña Wilmarie Figueroa no es tacaña."
"Todos los años, en cada fiesta, nos regala una tarjeta de doscientos dólares."
"En cada fiesta y en el cumpleaños."
"Cuatro años seguidos."
"Yo con la tarjeta de Navidad le compré la cama a mi nieta."
Se limpió una lágrima.
"Yo firmé el video de Alondra sin saber para qué."
"Hoy me da vergüenza."
"Pido perdón a la señora Wilmarie."
"Y quiero decirles a todos que el que nos mandó a hacer ese video no nos quiere bien."
El video terminaba ahí.
Medio millón de vistas en dos horas.
Y ya había mil comentarios.
"¡Es verdad! ¡Yo trabajé ahí!"
"Doscientos dólares por fiesta, qué barbaridad de generosa."
"Y la otra, la que lloraba, qué descaro."
"Cancelen a Alondra."
Cerré los ojos.
"Qué cosa", murmuré.
"¿Qué pasa?"
"Estoy contenta."
"¿Y por qué parece que vas a vomitar?"
"Porque no quiero que la linchen."
Clemente alzó una ceja.
"¿A Alondra?"
"Es una madre soltera."
"Tiene un hijo de cinco años."
"Está pagando una moto, un departamento, y no sé qué más." Abrí los ojos.
"Sí, me acusó."
"Sí, me humilló."
"Pero quien la dirigió fue Arnaldo, y si hay que castigar a alguien que sea a él."
Clemente me miró con algo parecido a respeto.
"Eso es muy razonable."
"No lo es. Me gustaría insultarla en un megáfono."
Se rió.
Una risa grave y limpia, que me recorrió la espalda sin que lo esperara.
"Está bien", dije, recomponiéndome. "Vamos a lo que importa. Chef."
"Clemente."
"Clemente. Necesito un favor."
"Te escucho."
"Prometí cuatrocientas canastas navideñas. Quiero que sean las mejores de Puerto Rico."
Ladeó la cabeza.
"¿Las mejores?"
"No me importa lo que cuesten."
"Quiero pernil, pasteles, arroz de verdad, café de Yauco, dulces de coco, un turrón de Navidad."
"Nada de latas." Hice una pausa.
"Y quiero que lo prepare gente de aquí."
Una sonrisa lenta se le fue formando en el rostro.
"Conozco a unas mujeres en Orocovis."
"¿Qué mujeres?"
"Una cooperativa de agricultoras y cocineras. Hacen el mejor pernil de la isla. Llevan dos años sin contratos grandes."
"¿Pueden hacer cuatrocientas canastas en nueve días?"
"Si les pagas por adelantado y les prestas una cocina industrial, sí."
"Tienen las dos cosas."
"Entonces te consigo la mejor canasta navideña de tu vida."
Me tendió la mano.
La tomé.
Era grande y áspera, con callos de cuchillo.
La sostuve un segundo más de lo necesario.
Él también.
Entonces me llegó un mensaje.
Lo leí.
Era de Arnaldo.
"Muy bien jugado, Wilmarie. Pero la junta es el viernes. Vamos a ver cuántos votos tienes."