Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: La silla de la señora
En la cena, Candela se sienta en el lugar de Martina y Martina le entrega las llaves de la casa delante de todos.
Bajé al comedor a las nueve en punto, con el vestido verde oscuro y la muñeca vendada.
La mesa larga de los Cassano tenía doce sillas y un mantel blanco de domingo.
Berta llevaba la fuente de ravioles con las manos temblando un poco.
Fermín estaba sentado en la cabecera.
A su derecha, en el lugar donde yo me había sentado durante cinco años, estaba Candela.
Llevaba un vestido rosa pálido, el tobillo vendado sobre un almohadón y el pelo rubio suelto sobre un hombro.
Genaro, su padre, ocupaba el otro lado, con las manos gordas llenas de anillos.
"Martina", dijo Candela, sin levantarse. "Qué sorpresa. Pensé que no ibas a bajar."
"Es mi casa."
"Claro, claro. Es que esta silla es la única que me deja el pie en alto. Fermín dijo que no había problema."
Miré a Fermín.
Él miraba su copa de vino.
"No hay problema", dijo, sin levantar la vista.
Genaro soltó una risita por debajo del bigote blanco.
"Siéntese, señora. Hay lugar de sobra."
Había un solo lugar libre, al fondo, al lado de la ventana.
Era la silla donde se sentaban las visitas.
Caminé hasta allí y me senté con la espalda recta.
Berta me puso un plato delante y no me miró a los ojos.
"Brindemos", dijo Genaro, alzando la copa. "Por la familia, que sigue entera a pesar de los tiempos duros."
"Por la familia", repitió Candela, y le sonrió a Fermín.
Él bebió.
Yo no levanté la mía.
"Martina, querida", dijo Genaro, mientras cortaba un raviol. "Los libros del trimestre. Estoy esperando que me los pase."
"Los tiene mañana, don Genaro."
"Siempre me los pasa los lunes."
"Esta vez voy a tardar."
Lo dije mirándolo a los ojos, y vi que algo se movió detrás de su sonrisa.
Cuatro años llevaba yo copiando esas cifras a mano.
Cuatro años de números que no cerraban nunca del todo.
Candela se estiró para alcanzar la sal y sacó la mano a propósito, rozando la de Fermín.
"Ay, perdón, amor", dijo, y se rió bajito.
Amor.
La palabra cayó en medio de la mesa y nadie la levantó.
Los ocho hombres que cenaban con nosotros miraron sus platos.
Yo dejé el tenedor sobre el borde.
"Qué bien te queda esa silla, Candela", dije.
"¿Perdón?"
"La silla de la señora. Te queda bien."
Me levanté.
El ruido de la silla contra el piso hizo que todos alzaran la vista.
Saqué del bolsillo del vestido el llavero grande, el de bronce.
Tenía las llaves de la casa, del estudio y de la caja fuerte de la cocina.
Era el llavero que la señora Cassano llevaba colgado desde hacía tres generaciones.
Caminé por la mesa larga hasta Candela.
Puse el llavero junto a su plato, sobre el mantel blanco.
Sonó fuerte, como una campana.
"Para que no tengas que pedirlas", dije. "Ahora son tuyas."
Candela se quedó con la boca abierta.
Por primera vez, no le salió ningún chiste.
"Martina", dijo Fermín, con la voz baja y peligrosa. "Siéntate."
"No es mi lugar."
"Siéntate."
"Ya no es mi lugar, Fermín."
Genaro dejó el cuchillo y me estudió, curioso, con el ceño medio levantado.
Los hombres no se movían.
Alguien carraspeó al fondo de la mesa.
Me incliné hacia Candela, lo bastante cerca como para que sólo ella oyera.
"Cuídalo", le dije. "Es muy distraído."
Ella palideció debajo del maquillaje.
Me enderecé y miré una última vez a la cabecera.
Fermín se había puesto de pie.
Tenía el vaso en la mano y los nudillos blancos, y en la ceja partida le latía un nervio.
"Buenas noches", dije a toda la mesa.
Salí del comedor sin apurarme.
En el pasillo, Berta me alcanzó con el paso corto de sus sesenta y siete años.
Me tomó la mano buena y me la apretó sin decir nada.
"Nazario te espera abajo en el garaje cuando todos duerman", susurró.
"Gracias."
"No llores."
"No estoy llorando."
"Ya lo sé", dijo Berta. "Eso es lo que me asusta."
Subí las escaleras de mármol, una por una.
Detrás de mí oí la puerta del comedor, el golpe seco de una silla caída y los pasos largos de Fermín.
Llegué al dormitorio, abrí el ropero y saqué la maleta pequeña.
No alcancé a cerrarla.
La puerta se abrió de golpe.
Fermín estaba en el umbral, respirando fuerte, con la camisa desabrochada hasta el segundo botón.
Cerró la puerta a sus espaldas.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó.