Esta vez, me elijo a mí., novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El treinta por ciento
Itzel se muda con su amiga, y Abel le explica la cláusula de sesenta días que la ata.
Dormí en el sofá de Toña, con una manta de gatitos y un plato de arroz frío en el estómago.
A las siete de la mañana ya tenía el divorcio redactado.
Lo había escrito yo misma, con ayuda de una abogada amiga de Toña que atendió el teléfono en pijama.
Cuatro hojas, sin insultos, sin pedir nada que no fuera mío.
A las nueve estaba en el estudio, con el sobre en la mano.
El Estudio Montaño ocupa un piso entero de una casona de la Roma Norte, con techos altos, ventanas de hierro y una escalera de caracol que cruje.
Lo había armado con mis manos, mueble por mueble, durante seis años.
Subí con el corazón desbocado.
La puerta de mi oficina estaba abierta.
Adentro, sentada en mi silla de cuero, con mis lápices y mi lámpara de latón, estaba Bárbara.
Había movido mi escritorio hacia la ventana.
Mis planos del hotel estaban desparramados sobre la mesa de dibujo, y ella los tocaba con el dedo, como quien prueba un platillo.
"Buenos días, Itzel."
"Esa es mi silla."
"Abel me pidió que ocupara una oficina."
"Pues pídele otra."
Sonrió.
"Itzel, entiendo que estés molesta. Pero esto es trabajo. Los inversionistas quieren una cara con trayectoria."
"¿Una cara?"
"Ya sabes cómo es esto."
"Sí sé. Es que tú eres bonita en las revistas y yo soy buena en la obra."
Se rió como si le hubiera contado un chiste.
Detrás de mí oí pasos.
Abel subió la escalera con su abogado, un hombre gris de maletín grande.
Estaba ojeroso, con la corbata floja, pero sus ojos color avellana me miraron con una especie de dulzura culpable.
"Itzel, ¿podemos hablar?"
"Claro."
Le entregué el sobre.
Lo abrió, leyó la primera página y se quedó sin palabras.
"Divorcio."
"Te dije que lo tendrías."
"No puedes divorciarte por una cuestión de trabajo."
"No me divorcio por una cuestión de trabajo. Me divorcio por cuatro años de cenas en las que te quedabas callado."
El abogado carraspeó.
"Señora Montaño, antes de continuar, debo aclarar los términos del acuerdo de inversión."
"No soy señora de nadie. Soy la dueña de este estudio."
"Del setenta por ciento", dijo el abogado, sin inmutarse.
Toña, que había subido sin que la oyera, resopló.
"Tiene derecho a recomprar", dijo Abel, con prisa. "Esa fue la cláusula que pedí. Si dentro de sesenta días devuelves la inversión, más el diez por ciento, el contrato queda sin efecto."
"¿Cuánto?"
"Ocho millones, ochocientos mil pesos."
Casi me río.
Mi estudio facturaba, en un buen año, cuatro millones.
"¿Y si no puedo?"
"En ese caso", dijo el abogado, "el treinta por ciento permanece con el Grupo Sanabria, y la dirección creativa pasa a ser..."
"De la señorita Ledezma", terminó Abel.
Bárbara se miró las uñas.
"Qué conveniente", murmuré.
Abel dio un paso hacia mí.
"Itzel, yo no quería que se supiera así. Quise darte una sorpresa. Quise protegerte."
"¿De qué?"
Dudó.
"De ti misma. Estabas trabajando dieciséis horas diarias, sin dormir, sin vacaciones. Mi madre me dijo..."
"Tu madre."
"Me dijo que eras una mujer admirable. Pero que tarde o temprano ibas a quebrar."
Sentí un cosquilleo helado en las manos.
"Tu madre dijo eso."
"Y Bárbara también lo pensaba."
Miré a Bárbara.
Ella sostuvo mi mirada con la tranquilidad de quien sabe que ya ganó.
Me quedé un rato en silencio.
Respiré hondo.
Después hice lo único que se me ocurrió.
Fui hasta la mesa de dibujo, enrollé mis planos del hotel, uno por uno, y los metí en el tubo de cartón.
"Esos planos son del estudio", dijo Bárbara.
"Son míos. Los dibujé yo, a mano, en mi cama, durante dos años."
"Itzel, el contrato..."
"El contrato dice que el treinta por ciento de lo que facture el estudio es tuyo. No dice que el cerebro lo sea."
Cerré el tubo con la tapa de plástico.
Miré a Toña.
"Vámonos."
"¿A dónde?"
"A cualquier parte donde me dejen respirar."
Bajamos la escalera de caracol, y sentí cómo los ojos de Abel me quemaban la espalda.
En la planta baja, frente a la puerta, nos esperaba una limusina negra con las ventanas polarizadas.
El chofer bajó y abrió la puerta trasera.
De adentro salió una mujer pequeña, de moño plateado y perlas, con un abrigo negro hasta los tobillos.
Doña Genoveva Sanabria.
Mi suegra.
Me observó de arriba abajo, con un desprecio sereno que había aprendido a leer en cuatro años.
"Itzel."
"Doña Genoveva."
"Mañana por la noche hay cena en mi casa. Vienes."
"No creo que..."
"Vienes", repitió, con su voz seca. "Y traes la pulsera de la familia. La del jade."
Me quedé quieta.
"¿Por qué la pulsera?"
"Porque ya no la mereces."