UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

La Colegiala y La Pulga Picona, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La falda

Rolando la lleva al sofá y lo que sigue no tiene nada que ver con pulgas; llama la mamá.

Leí el mensaje de Jairo dos veces.

Rolando, de pie delante de mí, me quitó el teléfono con suavidad.

"¿Quién es Jairo?"

"Mi ex."

"¿El del pelo con gel?"

"Ese."

"¿Y qué quiere?"

"Que le diga que me ando enamorando de mi padrino."

Rolando levantó una ceja.

Escribió algo con el pulgar y me devolvió el celular.

Había contestado, con mi número: "Se me metió una pulga. Mi padrino me ayudó. Ya no te importa."

"Padrino, eso va a ser peor."

"Probablemente."

"¿Y por qué lo hizo?"

"Porque no quiero que te preguntes si te escondo."

Sonreí con la boca pegada a la manga.

Me bajó del mesón con las dos manos.

Mis pies tocaron el piso, y me temblaron las rodillas.

Él me sostuvo de la cintura.

"Camina conmigo."

Me llevó a la sala, un salón alto con arcos de sillar blanco, techo de madera, y un sofá grande de cuero marrón frente a la ventana.

El perro nos siguió y se echó en la alfombra, haciendo como que no veía.

Rolando se sentó en el sofá.

Me quedé de pie delante de él.

"Quítate la falda", dijo.

La palabra me recorrió el cuerpo como una descarga.

Desabroché el botón del costado.

Bajé el cierre.

La falda cayó al piso, y quedé en blusa y tanga, con las piernas todavía mojadas.

Él me miró de arriba abajo, sin apuro.

Tenía el cuello tenso, y los ojos más negros.

"Ven aquí."

Me senté a su lado.

"No. Aquí."

Me jaló de la cintura y me tendió de espaldas sobre el sofá, con la cabeza en el brazo del mueble, las piernas abiertas y el cuero frío contra mi piel.

Se arrodilló en la alfombra, entre mis rodillas.

"Padrino, usted no tiene que..."

"Sí tengo."

Me tomó de los tobillos y me separó más las piernas.

Con dos dedos bajó el encaje de mi tanga hasta las rodillas.

Los dos nos quedamos un momento mirando.

"Qué hermosa", susurró.

"No me mire así."

"Te miro como quiero."

Y se inclinó.

Su boca fue lenta.

Primero un beso en el interior del muslo, otro más arriba, la punta de la lengua a lo largo de la ingle.

Después, por fin, la lengua plana, tibia, mojada, que me recorrió entera de abajo hacia arriba.

Grité.

Me tapé la boca con el antebrazo.

"Así no", dijo él, sin separar los labios de mi piel. "Quiero oírte."

Me destapé.

Me lamió el clítoris con una lentitud insoportable, dibujando círculos, chupando suave, con la barba rala rozándome el muslo.

Mis caderas se movieron solas.

Él me sujetó con las dos manos por debajo de las nalgas y me pegó a su boca.

"Padrino... padrino..."

"Dime."

"No pare."

"No pienso hacerlo."

Metió la lengua dentro de mí, y yo arqueé la espalda y le agarré el pelo gris con las dos manos.

Era corto, áspero, lo sentía crujir entre mis dedos.

Rolando soltó un gruñido bajo que me vibró entera.

Me chupó con más fuerza, y deslizó dos dedos adentro, otra vez, hasta el fondo.

Me vine con un grito largo, desgarrado, de los que se oyen hasta la calle.

Me temblaron los muslos contra sus hombros.

Él me los sujetó hasta que terminé.

Cuando se levantó, tenía la barba mojada, la boca brillante y los ojos como brasas.

Se limpió con el dorso de la mano, mirándome.

Yo seguía temblando, con la blusa arrugada y la respiración rota.

"Le toca a usted", dije.

"Hoy no."

"¿Por qué no?"

"Porque estás temblando, buena chica."

"No es verdad."

"Mírate las manos."

Me las miré.

Tenía los dedos agarrotados contra el cuero.

Me reí, avergonzada.

Pero no iba a dejarlo así.

Me incorporé sobre el sofá, gateé hasta quedar frente a él y le puse una mano en el pecho.

Sentí su corazón desbocado, el calor a través de la camisa.

Bajé la mano.

Le toqué el cinturón.

El bulto duro debajo del pantalón.

Él cerró los ojos.

"Ariadna."

"Dígame."

"Si me tocas ahora, no voy a poder parar."

"No quiero que pare."

Le desabroché el cinturón.

El botón.

El cierre.

Metí la mano.

Era caliente, grueso, largo, más de lo que había imaginado en dos meses de imaginar.

Lo saqué y lo sostuve con las dos manos, mirándolo.

Rolando apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y dejó escapar el aire con un gemido ahogado.

Lo acaricié de arriba abajo, despacio, con la palma abierta, probando su peso, su textura, las venas.

Le pasé el pulgar por la punta, húmeda.

Él me agarró la muñeca.

"Espera."

"¿Qué pasa?"

"Si sigues, me vengo, y no quiero que sea así la primera vez."

"Entonces..."

"Entonces esta noche."

Lo miré.

"¿Esta noche?"

"Esta noche te quiero en mi cama, entera. Ahora solo me dejo tocar. Y lo hago porque quiero que lo sepas: no es una pulga, Ariadna. No es un juego."

"Ya lo sé."

Lo besé.

Me besó con la boca todavía mojada de mí, y yo me estremecí al sentir mi propio sabor.

Seguí acariciándolo mientras nos besábamos, más rápido, apretando, y él gimió contra mis labios, con la frente pegada a la mía.

"Buena chica", repetía. "Así. Así."

Se vino con un espasmo largo, en mi mano, con mi nombre en la boca.

Quedamos sentados en el sofá, enredados, jadeando.

Mi teléfono sonó otra vez.

Esta vez era mi mamá.

Contesté con la voz más normal que pude.

"Aló, mami."

"Ariadna, ¿dónde estás? Te llamé tres veces."

"En casa de mi padrino. Se me cayó una pulga y él me ayudó."

"¿Una pulga?"

"Larga historia."

"Mejor. Dile a Rolando que voy para allá. Hace meses que no lo veo y quiero cenar con él. Llevo el rocoto relleno."

Rolando, a mi lado, se quedó petrificado con el pantalón abierto.

"¿Hoy?", pregunté.

"En media hora."

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →