Me Fui al Mundo que Sí me Amaba, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: La villana
En el muelle, Amaranta Salcedo la cubre con su abrigo y le ofrece un cuarto en su hotel.
Amaranta Salcedo me puso su abrigo sobre los hombros y no dijo una sola palabra hasta que bajamos al muelle.
Era un abrigo largo de lana negra, seco, que olía a cedro y a tabaco frío.
Me lo había sacado de la silla de un marinero con un gesto brusco.
Tenía el traje pegado al cuerpo y el pelo chorreándole sobre el cuello.
"Camine", dijo.
"No puedo."
"Puede. Se le van a cansar las piernas, pero puede."
Me puso una mano en la espalda y me empujó, suave.
Bajamos por la pasarela.
Arriba, en cubierta, la música de la boda seguía sonando como si nada.
Nadie nos siguió.
Una ambulancia esperaba junto a la grúa del puerto, con las luces apagadas.
Un médico de chaleco reflectante me sentó en la camilla y me puso un termómetro en la boca.
"Treinta y cinco con dos", dijo. "Hipotermia leve. No tomó mucha agua."
"Estuve poco tiempo."
"Tuvo suerte."
Amaranta, de pie junto a la puerta, se escurría el agua de la manga.
"Usted sabía que no había nadie en el agua", me dijo, sin mirarme. "Saltó de la banda de estribor, la que da al canal de dragado. Tres metros más a la izquierda, y la hélice del remolcador la habría picado."
"No sabía eso."
"Ahora lo sabe."
Tragué saliva.
"Gracias por sacarme."
"No me lo agradezca todavía."
La voz del sistema sonó dentro de mi cabeza, ahogada y metálica.
"Aviso. Salida por inmersión interrumpida. Usuaria con vida. Retorno rechazado."
"¿Cómo que rechazado?"
"La usuaria no completó los noventa segundos de inmersión. Penalización: bloqueo del retorno durante treinta días."
Me quedé quieta.
El médico me tocó el hombro.
"¿Se siente mal?"
"No. Perdón."
Amaranta me estaba mirando.
Tenía la cabeza ladeada y los ojos oscuros muy fijos.
"¿Escucha cosas?", preguntó, tranquila.
Se me paró el corazón.
"¿Cómo?"
"Cuando se queda sin respuesta, mira un punto fijo a la izquierda de la oreja. Mi abuela lo hacía cuando hablaba con los muertos."
"Es solo el golpe."
"Claro."
No me creyó.
Pero tampoco insistió.
Se agachó para quedar a mi altura.
De cerca, tenía las pestañas pegadas de agua y una línea fina de cansancio bajo los ojos.
Era una mujer de unos treinta y cuatro años, con la boca firme y las manos largas.
En el libro, en la novela que yo había leído en otro mundo, Amaranta Salcedo era la cruel presidenta de la naviera, la que humillaba a Florencia en el primer tomo y terminaba en la ruina absoluta.
Una mujer sin amigos, sin amor, sin compasión.
Ninguna línea del libro decía que se lanzaría al mar vestida por salvar a una desconocida.
"¿Cómo se llama?", preguntó.
"Isidora Ahumada."
"Isidora." Lo repitió con calma, como probando el sonido. "¿Dónde vive?"
"En un departamento de arriendo en Playa Ancha."
"¿Hay alguien que la espere?"
Dudé.
"No."
"Entonces esta noche no duerme allí."
Se incorporó y le hizo una seña a un hombre de traje que esperaba junto a un auto negro.
"Mi hotel tiene una suite libre. Hay un médico de guardia. Mañana decide qué quiere hacer."
"No puedo pagar una suite."
"No se la estoy cobrando."
"¿Por qué?"
Amaranta me miró.
Algo cruzó su cara, rápido, y desapareció.
"Porque no me gusta que la gente se tire de mis barcos."
"El barco no es suyo."
"Es de mi naviera. El crucero 'Estrella del Pacífico' pertenece al Grupo Salcedo."
Me quedé sin palabras.
Claro que sí.
Rafaela había querido casarse en el mejor barco del país, y el mejor barco era de la villana.
Amaranta había prestado su propio crucero para la boda de su rival.
Habría sido más fácil odiarla si el libro hubiera dicho eso.
Me ayudó a subir al auto.
El chofer cerró la puerta con suavidad.
Por la ventanilla vi cómo la cubierta se iba empequeñeciendo, con las luces encendidas y las siluetas de los invitados bailando.
Nadie había notado mi falta.
Nadie, salvo una mujer mojada que ahora se sentaba a mi lado con el abrigo mal puesto y las manos sobre las rodillas.
Mi teléfono vibró en el bolso mojado.
Lo saqué.
La pantalla estaba rajada, pero funcionaba.
Cuarenta llamadas perdidas.
La última era de hacía dos minutos.
"Rafaela", leí.
Amaranta miró la pantalla de reojo, sin pedir permiso.
Contesté con el pulgar helado.
"¿Isidora?", dijo la voz de Rafaela, tensa y fría. "¿Dónde estás?"
"En un auto."
"Florencia me contó lo que hiciste."
"¿Qué hice?"
"Saltaste para llamar la atención, el día de nuestra boda."
Sentí que algo se me rompía por dentro.
Amaranta, a mi lado, no se movió.
Pero apretó los dedos sobre la rodilla hasta que los nudillos se le pusieron blancos.