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Mis cenizas a los pies de mi esposo, novela · Capítulo 5 de 12

Capítulo 5: Las grabaciones

Doña Consuelo no sabía abrir una memoria USB.

Esa noche le pidió ayuda al muchacho del vecino, un flaco de quince años con audífonos que le conectó la llavecita a una laptop vieja y le enseñó a tocar la flecha verde.

"Es solo sonido, doña. No es video."

"Gracias, mijo."

"¿Quiere que le ponga el volumen?"

"Ya, ve, ve. Dios te bendiga."

El muchacho se fue.

Ella cerró la puerta con llave, sacó la silla de la cabecera, se sentó delante de la laptop y me puso al lado, sobre el tapete de crochet.

Tomó aire.

Tocó la flecha.

Se oyó un ruido de carro, una puerta que se cerraba, un golpe de mochila.

Y después mi voz.

No me había oído en mi propia voz desde antes de morir.

Sonaba más joven de lo que yo creía, y más cansada.

"Archivo uno, grabado en agosto, en el estacionamiento del consultorio de la oncóloga."

Doña Consuelo se llevó una mano a la boca.

"Doña Consuelo, si está oyendo esto, ya me morí."

Hubo una risita seca.

"Perdone que se lo diga así. Es que ya practiqué diez veces la forma más suave y ninguna me salió."

Doña Consuelo cerró los ojos.

"Quiero contarle por qué no se lo dije a Ricardo."

Se oyó un sorbido de nariz.

"Se lo iba a decir cien veces. Una noche, en la cena, le hablé de unas molestias, y se fue a su oficina sin terminar el postre. Yo me tragué la oración que tenía en la boca."

Yo, sobre el tapete, la oí con una vergüenza vieja.

Nunca había querido que nadie la escuchara.

"No es que sea una santa, doña Consuelo. Es que me cansé. Llevo ocho años dando todo lo que puedo y recibiendo lo que sobra. Pensé: si me muero y no le digo nada, ¿se dará cuenta de lo que perdió?"

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