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Renacimiento: Elegir a un Esposo Universitario, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Zapatos prestados

Su padre se enfurece, Narcisa le explica a Ángel qué quiere, y Hólger los espera en el portón.

Mi padre no habló en dos horas.

Se sentó en el banco de la cocina, con el sombrero entre las manos, mirando el piso de tierra, mientras los vecinos se iban del patio en silencio, cuchicheando.

Mi madre le puso un plato de mote con queso, y él no lo tocó.

Hólger y su madre se habían ido primero, con la espalda tiesa y los labios apretados.

Antes de salir, Hólger me había mirado una vez más.

Una mirada larga, de cálculo.

Después sonrió, se puso el sombrero y se fue.

Blanca había desaparecido hacia el fondo de la casa, sin decir una palabra.

Y el estudiante, Ángel, se había metido en el cuarto del fondo, el que mis padres le alquilaban por unas monedas y la promesa de enseñar a leer a mis hermanos pequeños.

Cerró la puerta.

No salió.

Yo me quedé de pie en el patio vacío, con el corazón latiéndome en las orejas.

"Narcisa", dijo mi padre, por fin.

"Taita."

"Ven acá."

Entré a la cocina.

Me paré delante de él, con las manos juntas.

"¿Qué has hecho?"

"Elegí."

"¿A ese?"

"Sí."

"Es un muerto de hambre."

"Es un estudiante."

"Es lo mismo."

Mi madre dejó la cuchara en la olla.

"Taita", dijo. "No le grites a la muchacha."

"No grito."

"Estás gritando."

"Me han hecho quedar en ridículo delante de toda la comunidad", dijo mi padre, con la voz quebrada. "Taita Guamán nos ofrecía veinte hectáreas. ¡Veinte! Y tú, con el hijo mayor del presidente a tus pies, vas y escoges a un..."

"A un maestro."

"¡A un muerto de hambre con anteojos!"

Mi padre se puso de pie.

Era un hombre pequeño, de cincuenta y dos años, de manos nudosas y ojos mansos.

Nunca me había levantado la voz.

No se la levantó ahora.

Pero lloraba.

"Hija", dijo, con un hilo. "Yo no tengo nada que darte. Tengo media hectárea de papas y una vaca vieja. Pensé que con el Guamán estarías bien. Que no pasarías hambre como yo."

Se me llenaron los ojos.

"Taita."

"Dime que has pensado."

"He pensado."

"¿Y?"

"Hólger me va a matar", dije.

Mi madre dio un respingo.

Mi padre me miró con espanto.

"¿Qué?"

"Si me caso con él. Me va a matar."

"Ay, Dios mío. Hija. ¿Quién te ha dicho eso?"

"Nadie."

"¿Entonces?"

No pude contestarle.

Cómo explicarle que lo había visto con mis propios ojos.

Que había sentido el cinturón, la hebilla, el golpe en la sien.

Que había sentido a mis tres hijas abrazadas a mí en un rincón de la cocina.

Mi madre se limpió las manos en el delantal.

Se acercó.

Me tomó la cara entre las manos ásperas.

"Hija", dijo, con una voz seca, práctica. "Si tú dices que ese hombre te va a hacer daño, yo te creo."

"Mujer", murmuró mi padre.

"Cállate, hombre. Yo la conozco."

Me abrazó.

Hundí la cara en su hombro, que olía a humo y a manzanilla.

Lloré.

Esa noche, cuando la casa se quedó en silencio, salí al patio con una vela.

La puerta del cuarto del fondo estaba entreabierta.

Una luz amarilla temblaba adentro.

Toqué con los nudillos.

"Pase", dijo una voz baja.

Entré.

El cuarto era diminuto.

Una cama de tablas con una manta de lana, una mesa pequeña, una vela, un cajón de manzanas de repisa.

Y libros.

Veinte, treinta libros apilados contra la pared, algunos con los lomos remendados con cinta.

Ángel estaba sentado en la cama, con los lentes en la mano y la chaqueta doblada a un lado.

Sin ella, parecía todavía más flaco.

Se levantó al verme.

"Señorita Narcisa."

"Siéntate. Tutéame."

"No puedo tutearla."

"Sí puedes."

"Bueno." Se sentó. "Dígame... dime qué hice yo."

"Nada."

"Pues usted... tú me señalaste delante de todo el pueblo."

"Sí."

"¿Por qué?"

Me senté en el borde de la mesa.

Pensé qué decirle.

La verdad era imposible.

Pero una parte de la verdad no lo era.

"Porque eres el único hombre de esta comunidad que cuando llegó una casamentera con diez pretendientes, siguió leyendo", dije.

Se puso colorado.

"No oí nada."

"Lo sé."

"Estaba en un pasaje de Benjamín Carrión. Perdone."

"No tienes que pedir perdón."

"Es que... me da vergüenza. Yo no tengo nada. Mi madre vende choclos en el mercado de Riobamba. Yo tengo un traje y un par de zapatos prestados, que devolví ayer. Me gradúo en dos años. Y aun así..."

"Aun así."

"No sé qué ve usted, tú, en mí."

Lo miré.

Los dedos largos, aferrados a las rodillas.

Los ojos negros, detrás de los lentes, brillantes y muy asustados.

"Veo a un hombre que va a ser maestro", dije. "Y yo quiero hijas que sepan leer."

Parpadeó.

"¿Hijas?"

"Hijas."

"No hijos."

"Hijas. Y los hijos que vengan. Pero hijas."

Algo cambió en su cara.

Se le aflojaron los hombros.

Sonrió, tímido, con una sonrisa que le arrugó las comisuras.

"Yo también quiero hijas", dijo.

"¿De verdad?"

"Mi madre siempre dijo que las mujeres de mi casa son las que hacen que la casa funcione."

Se me llenó el pecho de algo tibio y raro.

"Entonces tenemos un trato", dije.

"Con una condición."

"Dime."

"Que no te cases conmigo por obligación. Si en un mes, en un año, quieres irte, te vas. No te voy a retener."

Lo miré.

Era la primera vez en dos vidas que un hombre me decía eso.

"Acepto", dije. "Con otra condición."

"¿Cuál?"

"Que me enseñes a leer mejor."

"¿No sabes leer?"

"Sé deletrear. Quiero leer de verdad. Quiero leer lo que lees tú."

Abrió la boca, y la cerró.

"Te voy a enseñar todo lo que sé", dijo.

Salí del cuarto con la vela temblando y las mejillas ardiendo.

En el patio, la noche estaba clara y fría.

Las estrellas parecían al alcance de la mano.

Caminé hasta el portón de madera.

Quise asegurar el cerrojo.

Pero antes de tocarlo, vi una sombra del otro lado.

Un hombre alto, de sombrero de fieltro, apoyado contra el poste, con las manos en los bolsillos.

Hólger.

Había estado esperándome.

"Narcisa", dijo, en voz baja. "Esto no se queda así."

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