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Capo, tu amor ya no significa nada, novela · Capítulo 4 de 16

Capítulo 4: Antes del amanecer

"Berta me avisó", dijo Nazario, abriéndome la puerta de atrás.

"¿Qué te dijo?"

"Que usted se iba y que alguien de confianza la llevara. Yo soy la única persona de confianza que no duerme."

Subí con la urna sobre las rodillas.

Nazario cerró con cuidado, como si cerrara la puerta de una iglesia.

Salimos del garaje por la rampa de servicio, con las luces apagadas hasta pasar la reja.

La ciudad dormía bajo una llovizna fina.

Nazario manejaba despacio, con las dos manos en el volante.

Tenía cuarenta y cuatro años, la cabeza rapada y la costumbre de callarse todo lo que le pidieran callar.

Llevaba doce años con Fermín.

"Sabe que me van a preguntar", dijo, mirando el espejo.

"Lo sé."

"Y no sé mentir."

"No te pido que mientas. Te pido que esperes."

"¿Cuánto?"

"Hasta el mediodía."

Nazario soltó el aire por la nariz.

"Si el Capo se despierta antes y baja al garaje, el auto no está. Va a saber que fui yo."

"Entonces dile la verdad. Que yo te lo pedí y tú me llevaste."

"Eso va a costarme la mano."

"Fermín no te va a tocar."

"No es por él", dijo Nazario. "Es por don Genaro."

Lo miré por el espejo.

Tenía los ojos fijos en la ruta, y no los movió.

"¿Qué tiene que ver don Genaro?"

"Nada. Digo que él está siempre cerca."

"Nazario."

"Sí, señora."

"¿Hay algo que quieras decirme?"

Se quedó callado tanto tiempo que oí la llovizna sobre el techo.

"La noche en que nació el bebé", dijo por fin, despacio, "yo estaba afuera de la sala de reuniones. Y vi..."

"No."

El auto no frenó, pero la voz se le cortó.

"Señora..."

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