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Cincuenta Mil Razones para Vengarme, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La señora Garmendia

Margarita descubre que la gerente es la esposa secreta de su hermano. Paga la cuenta sin protestar y se va con el recibo.

Releí el mensaje tres veces.

"Jéssica es mi esposa."

Levanté los ojos.

La gerente seguía de pie delante de mí, con los brazos cruzados y la barbilla en alto, esperando.

"Su esposa", dije.

"Perdón."

"Usted es la esposa de Amílcar."

Palideció un poco, apenas.

Después recuperó la sonrisa.

"Así es", dijo. "Y usted debe ser la famosa hermana."

"Debo serlo."

"Qué casualidad. Hace un momento estaba inventando el parentesco."

"Hace un momento no sabía de su existencia."

Se oyeron pasos rápidos desde el fondo del salón.

Amílcar apareció por la puerta de la cocina, con la chaqueta blanca manchada de salsa.

Tenía el pelo rubio oscuro revuelto y la cara roja de calor y de vergüenza.

Había engordado un poco desde la última vez que lo vi.

Tenía las ojeras de alguien que no duerme.

"Margarita", dijo.

"Amílcar."

"¿Qué haces aquí? Pensé que ibas a tardar."

"Almorcé con unos clientes. Me iba, y tu esposa me trajo esto."

Le tendí la hoja de la cuenta.

La tomó con los dedos temblorosos.

La leyó.

Se le fue el color de la cara.

"Jéssica", dijo en voz baja. "¿Qué es esto?"

"Una confusión, mi amor."

"Cincuenta mil dólares."

"Es el protocolo de la mesa dieciséis."

"Pero ella no estuvo en la mesa dieciséis."

"Estuvo en la sala principal, que ahora aplica los mismos cargos de... mantenimiento."

Amílcar me miró.

Después miró a su mujer.

"Jessi, esto es mi hermana."

"Ya lo sé, mi amor. Pero no me lo dijiste a tiempo."

Dijo "mi amor" con una suavidad tan exagerada que me dieron ganas de vomitar.

Amílcar se pasó una mano por la barba.

"Margarita, perdónala. Es nueva en el negocio. A veces se confunde con las tarifas."

"¿Tarifas?"

"Los precios de la carta."

"Amílcar. Esto no es la carta."

"Hermana."

"Dos meses, Amílcar."

"Margarita, por favor."

"Dos meses sin llamarme. Y ahora me entero de que te casaste."

Bajó la mirada.

"Fue rápido", dijo. "No quería que te preocuparas. Sabía cómo ibas a reaccionar."

"¿Cómo voy a reaccionar?"

"Mal."

Reí.

Una risa corta, sin alegría.

"Tienes razón", dije. "Reacciono mal con las estafas."

Jéssica dio un paso adelante.

"Señorita Garmendia, no voy a permitir que insulte a mi esposo en su propio restaurante."

"No lo insulto. Lo describo."

"Margarita", dijo Amílcar.

"Quiero pagar."

Los dos se quedaron callados.

"¿Perdón?", dijo Jéssica.

"La cuenta. Quiero pagarla."

Saqué mi cartera y puse sobre el mostrador una tarjeta negra.

"Cobre todo."

Jéssica parpadeó.

"Son cincuenta mil dólares."

"Ya lo vi."

"Es una suma considerable."

"Cóbrela, señora Garmendia."

Tomó la tarjeta con dos dedos, como si pudiera morder.

Pasó al fondo del salón, hacia la terminal, con la espalda rígida.

Los comensales, a mi alrededor, ya no fingían.

Alguien se rio.

Amílcar me agarró del brazo.

"¿Qué estás haciendo?"

"Pagando."

"No es necesario."

"Sí lo es."

"Margarita, no te entiendo."

"Tampoco yo a ti."

Me solté.

Jéssica volvió con la terminal.

Tardó un minuto en pasar la tarjeta.

La pantalla se encendió en verde.

Aprobada.

Jéssica miró el recibo con los ojos muy abiertos.

Después me miró a mí.

Algo cambió en su cara, un cálculo rápido, una cuenta que no cuadraba.

"Tiene mucho crédito", dijo, despacio.

"Alguno."

"¿A qué se dedica?"

"A invertir."

Tomé el recibo y lo doblé junto a la cuenta impresa.

Dejé sobre el mostrador un billete de cien dólares.

"Para el servicio de manejo emocional", dije. "Quedé muy bien manejada."

Alguien tosió, tratando de no reírse.

Me puse las gafas de sol.

"Que tengan buena tarde."

"Margarita", dijo Amílcar, con la voz quebrada.

"Te llamo mañana."

"Hermana..."

"Y cuando te llame, vas a contestar."

Salí del restaurante.

El aire de Polanco olía a asfalto caliente y a flores.

En la acera, mi chofer abrió la puerta del coche.

Me senté en el asiento trasero, y me quedé un momento sin moverme.

Tenía los dedos fríos.

Saqué la cuenta impresa y la alisé sobre mi rodilla.

Mantenimiento de vajilla brillante.

Purificación de aire exclusiva.

Manejo emocional para clientes VIP.

Observación de comensales.

Una lista larga de nombres inventados para el mismo robo.

No era un error de una gerente nueva.

Era un sistema.

Y por la forma en que me miró cuando vio mi tarjeta, Jéssica Verdugo sabía exactamente cuántas veces había cobrado así.

En ese momento, alguien tocó con los nudillos el cristal del coche.

Bajé la ventanilla.

Era un camarero joven, con el delantal doblado en la mano, que miraba nervioso hacia la puerta del restaurante.

"Señorita Garmendia", susurró. "Dice el jefe de cocina que salga por el callejón de atrás. Que la espera."

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