Cuando el Alfa Me Reclamó... Ya Era Demasiado Tarde, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Casa Pehuén
Ámbar revisa los papeles de Elio, descubre una casa pagada en Lago Ranco y encuentra a un niño con los ojos de su compañero.
Elio no durmió en nuestra cama esa noche.
Se quedó en su estudio, caminando de un lado al otro, hasta que el sol salió sobre el río Calle-Calle.
Yo lo oí todo.
Un lobo no puede esconder los pasos de otro lobo en una casa de madera.
A las seis me levanté, me bañé y me puse unos jeans y un abrigo largo.
Preparé una maleta pequeña y la dejé junto a la puerta.
Después fui a su estudio.
Estaba vacío.
Había dejado en el escritorio su teléfono y un vaso de whisky sin tocar.
Lo vi por el ventanal.
Estaba en el patio, de espaldas, hablando con el beta de la manada.
El beta era un hombre callado, de barba gris, que movía la cabeza con cara de funeral.
Entré al estudio y cerré la puerta.
Mi loba me empujó con el hocico.
Busca, me dijo.
Eran las seis y diez de la mañana, y no tenía idea de cuánto tiempo me quedaba.
Abrí el primer cajón.
Facturas del veterinario, boletas de ferretería, la declaración de impuestos de la manada.
Segundo cajón.
Un montón de recibos de transferencia a nombre de una casa de arriendos en el sur.
Lago Ranco.
Casa Pehuén.
Treinta y seis meses de pagos mensuales, sin falta, a cargo de su cuenta personal.
Me quedé inmóvil con el papel en la mano.
La mensualidad de la Casa Pehuén era mayor que lo que pagábamos de contribuciones por toda la hacienda.
Debajo de los recibos había una carpeta azul con el logo de una clínica pediátrica en Osorno.
La abrí.
Control de niño sano.
Vacunas.
Un nombre escrito en lápiz, con letra de enfermera: Nahuel.
La fecha de nacimiento me hizo sentir el estómago vacío.
Hacía dos años y cuatro meses.
Hice la cuenta.
Elio me había reclamado hacía tres años y un mes.
Quedaban ocho meses de diferencia entre su juramento y el nacimiento del niño.
Ocho meses.
El niño había sido concebido un mes antes de que Elio jurara sobre mi corazón.
Dejé caer la carpeta sobre el escritorio.
Algo en mi pecho se rompió, sin ruido.
Sentí a mi loba aullar bajito.
Fui hasta la cochera.
Mi camioneta estaba al fondo, junto a la camioneta negra que Elio usaba para las visitas a las manadas.
Abrí el vehículo con la llave de repuesto, que guardaba en el gancho de siempre.
El tablero seguía cálido.
El GPS tenía una ruta guardada.
"Casa Pehuén."
Mi sangre se heló.
Cerré la puerta del auto.
Metí mi maleta pequeña en la cajuela de mi propia camioneta y arranqué sin mirar atrás.
Quedaban dos horas de carretera hasta Lago Ranco.
Las pasé con los dedos clavados en el volante y la radio apagada.
No lloré.
Mi loba no me dejó.
Cuando llegué, el lago brillaba como una lámina de plata bajo el cielo nublado.
La Casa Pehuén era una cabaña de tejuelas de alerce, con una terraza amplia y una araucaria en el jardín.
Un jardín pequeño y limpio, con un triciclo rojo tirado junto al portón.
Un triciclo.
Estacioné al otro lado de la calle y bajé.
El aire olía a humo de leña, a pasto húmedo y a un olor que conocía mejor que el mío.
Elio.
Su olor estaba en las cortinas, en el triciclo, en las tablas de la terraza.
Había estado ahí cientos de veces.
Caminé hasta el portón con las rodillas flojas.
Lo abrí.
Dentro de la casa se oyó el chillido de un niño y el ruido de platos.
Subí los tres escalones de la terraza.
Antes de que tocara la puerta, la puerta se abrió.
Greta no estaba.
Quien abrió era un niño de poco más de dos años, descalzo, con un pijama de lobitos y los puños llenos de migas de galleta.
Me miró.
Pelo castaño oscuro, revuelto.
Ojos color ámbar oscuro, de pestañas largas.
Los ojos de mi compañero, puestos en una cara pequeña.
Ladeó la cabeza.
Tosió.
Una tos húmeda y profunda, que sonó a algo que yo, como sanadora, conocía demasiado bien.
"¿Quién ere tú?", preguntó con su lengua de bebé.
Se me cerró la garganta.
Detrás de él, una voz dulce y burlona cantó desde el interior de la casa.
"Nahuelito, mi amor, ¿quién llegó?"
Era Greta.
Y no sonaba sorprendida de que yo hubiera llegado.