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Reencuentro Destinado, novela · Capítulo 2 de 16

Capítulo 2: La frontera

Jacinto y Salomé se encuentran en el límite de las dos manadas y pasan la noche juntos, ocho años después de haberse perdido.

Jacinto no contestó con palabras.

Me tomó la cara con las dos manos, grandes, ásperas, calientes, y me miró un segundo larguísimo.

Después bajó la boca y me besó.

Fue un beso que llevaba ocho años esperando.

Me arrancó el aire de los pulmones.

Su lengua entró en mi boca con una hambre lenta y profunda.

Yo le agarré el abrigo con los dos puños y tiré de él hacia mí.

Sabía a menta y a humo.

Sabía exactamente como lo recordaba.

"Dime que esto es real", murmuró contra mis labios.

"Es real."

"Dímelo otra vez."

"Hazme tuya, Jacinto."

Soltó un gruñido bajo, animal, que me vibró en el vientre.

Me levantó en brazos como si no pesara nada.

Crucé las piernas alrededor de su cintura, con el vestido mojado pegado al cuerpo, y él echó a andar por la orilla.

Su boca no se separó de la mía.

A cincuenta pasos del río había una cabaña de pesca, de madera oscura, con un porche corto y una puerta sin llave.

Entramos de golpe.

Había una estufa de leña apagada, una mesa pequeña y, contra la pared del fondo, una cama de hierro con una cobija de lana.

Él me dejó de pie junto a la cama.

Dio un paso atrás, sin respirar, y me miró.

El vestido me chorreaba agua por las piernas.

El pelo se me pegaba a la espalda.

"Eres más hermosa de lo que recordaba", dijo.

"Tú estás más viejo."

Se rio, corto, con los ojos húmedos.

"Gracias por la sinceridad."

"Quítame esto."

Me dio la vuelta con suavidad, de cara a la pared.

Desabrochó los botones del vestido uno por uno, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.

La nuca.

Los omóplatos.

La curva de la espalda.

Cuando el vestido cayó al suelo, con un ruido blando y mojado, yo ya estaba temblando.

No llevaba nada debajo.

Sentí su respiración en mi cuello.

"Voltéate."

Me giré.

Jacinto me recorrió con la mirada, despacio, sin tocarme.

Mis tetas, el vientre, las caderas, las piernas.

"Dios", susurró. "Llevo ocho años soñando esto."

"Y yo."

"Pensé que me estaba volviendo loco."

"Ven."

Se quitó el abrigo.

Después la camisa, que se arrancó por la cabeza con una impaciencia que me hizo sonreír.

Tenía el pecho ancho y cubierto de vello oscuro, y en el antebrazo derecho una cicatriz larga, de garra, que me dieron ganas de besar.

Se desabrochó el cinturón, el pantalón, y se quedó desnudo ante mí.

Su verga se levantó larga, gruesa, con la punta ya brillante.

La miré.

Se me hizo agua la boca.

"Siéntate", dije.

Se sentó en la orilla de la cama.

Me arrodillé entre sus piernas, sobre la alfombra de lana, y la tomé con las dos manos.

Estaba caliente y dura, con las venas marcadas.

La lamí de la base a la punta, despacio, probando su sal.

Jacinto echó la cabeza hacia atrás y apretó la cobija con los puños.

"Salomé."

"Quiero oírte."

Me la metí en la boca.

Chupé, lento, con la lengua pegada a la piel, hasta donde pude.

Sentí cómo se le tensaban los muslos.

Él soltó un gemido grave, ronco, que me llenó de orgullo.

Seguí, con una mano en su base y la otra en su cadera, subiendo y bajando, mirándolo a los ojos.

"Para", jadeó. "Para, o me vengo."

"Vente."

"No. Quiero venirme dentro de ti."

Me levantó por los brazos, me tendió de espaldas sobre la cama, y me abrió las rodillas.

Se arrodilló en el suelo.

Su boca bajó por mi vientre, por el hueso de la cadera, por el interior del muslo.

"Jacinto."

"Calla."

Me lamió la chocha de abajo arriba, con la lengua ancha y plana, una vez.

Casi grité.

Lo hizo otra vez, y otra, y yo me agarré a su pelo corto con las dos manos.

Me chupó el clítoris, suave, luego fuerte, metiéndome dos dedos que se curvaban hacia arriba con un ritmo seguro.

El mundo se me encogió a esa cama, a esa boca, a esos dedos.

"Me vengo", dije. "Me vengo, Jacinto."

"Vente en mi boca."

Me vine con un grito largo, arqueada sobre las mantas, con los muslos apretados contra sus orejas.

Él no se detuvo hasta que la última contracción se aflojó.

Se incorporó con los labios brillantes.

Me besó.

Probé mi propio sabor en su lengua.

"Otra", dijo, contra mi boca.

"No puedo."

"Sí puedes."

Me volvió a tocar.

Con los dedos, esta vez, y la palma de la mano apretando el clítoris, mientras me chupaba un pezón.

Me retorcí.

Me vine otra vez, más rápido, con un jadeo roto, y él se rio de satisfacción.

"Ahora, mi amor", susurró.

"Ahora."

Se acomodó entre mis piernas.

La punta de su verga me recorrió los labios, de arriba abajo, mojándose.

Me miró a los ojos.

"Dime que quieres esto."

"Lo quiero."

"Dime que me quieres a mí."

"Te quiero a ti."

Entró.

Despacio, centímetro a centímetro, mirándome.

Me abrió, me llenó, me estiró.

Solté un gemido que me salió de lo más hondo del pecho.

Jacinto se quedó quieto, hundido hasta el fondo, con la frente pegada a la mía.

"Mierda", susurró. "Qué bien."

"Muévete."

"Dame un segundo."

"No te lo doy."

Se rio.

Se movió.

Embestidas lentas y hondas, que me sacaban el aire.

Yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé las uñas en la espalda.

El colchón crujía.

La cama de hierro golpeaba la pared de madera.

Afuera, el río murmuraba, y la luna entraba por la ventana, cayendo en una franja blanca sobre nuestros cuerpos.

"Más fuerte", le pedí.

Aceleró.

Me tomó una pierna y la subió a su hombro, y el ángulo cambió, y vi estrellas.

"Ahí", jadeé. "Ahí, ahí."

"Así."

"No pares."

"No pienso parar."

Me cogió con una fuerza lenta y total, como si quisiera recuperar los ocho años de golpe.

Sentí cómo crecía otra ola.

Más ancha que las otras.

Me temblaban las piernas.

"Jacinto, me voy a venir."

"Mírame."

Lo miré.

Los ojos verdes le ardían.

Me vine con un grito, apretándolo por dentro, con las uñas hundidas en sus hombros.

Él me siguió con un gemido ronco, empujando una última vez hasta el fondo.

Se vació dentro de mí, temblando entero, con la cara hundida en mi cuello.

Nos quedamos quietos.

Sudados, jadeando, con el corazón de los dos golpeando al mismo ritmo.

Pasó un buen rato sin que nadie hablara.

Jacinto me besó la sien, la mejilla, la comisura de la boca.

"Eso fue..."

"Sí."

"No terminé."

"¿Qué?"

Me sonrió, con una chispa peligrosa.

"Hace ocho años que espero, Salomé. Con una vez no me alcanza."

Me dio la vuelta con suavidad.

Me puso de rodillas sobre la cama, con las manos apoyadas en la cabecera de hierro.

Se arrodilló detrás de mí, y sentí su boca en la nuca, en la espalda, en las nalgas.

Me mordió suavemente una.

Me reí.

"Jacinto."

"Dime."

"Cógeme."

Me agarró de las caderas.

Entró de un solo empujón, hondo, y yo grité contra la cabecera.

Me tomó del pelo con una mano, suave, tirándome la cabeza hacia atrás, y con la otra me apretó una teta.

Se movió con fuerza, golpeando contra mis nalgas, y el sonido de nuestros cuerpos llenó la cabaña.

"Qué rica estás", gruñó.

"Dímelo."

"Rica. Mía. Siempre fuiste mía."

Me quebré.

Me vine otra vez, temblando, con la cara pegada al hierro frío, gimiendo su nombre.

Él me siguió segundos después, con un rugido que sacudió las paredes.

Nos derrumbamos juntos sobre las mantas.

Me acomodó contra su pecho, con un brazo bajo mi cabeza y el otro sobre mi cintura.

Me besó el pelo.

"Quédate", susurró.

"Estoy aquí."

"No te vayas al amanecer."

"No me voy."

Cerré los ojos.

Sentí su corazón, firme, enorme, latiendo contra mi espalda.

Y me dormí en sus brazos, por primera vez en ocho años, sin soñar con un río.

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