Tras el accidente: un derrumbe de amor, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El salto
Celina y Wences salen en el jet de Fulvio; sobre el Golfo saltan con paracaídas y el avión se estrella a lo lejos mientras ella llega a una lancha.
Wences me esperaba el jueves por la mañana, en un hangar del aeropuerto, sentado en una caja de herramientas.
Tenía el bigote cano, la chamarra de cuero gastada y una taza de café en la mano.
Me miró llegar sin sonreír.
"Hija, ¿estás segura?"
"Sí."
"Ya sé que te hizo daño. Pero hay formas de..."
"Wences."
"Dime."
"Me dijiste que me ayudarías con lo que fuera, si alguna vez lo necesitaba. Me lo dijiste en el entierro de mi papá."
Bajó la taza.
"Lo dije."
"Entonces ayúdame."
Se pasó la mano por la cara.
"Es el jet de la familia, Celina. Está registrado, asegurado y vigilado. Si me equivoco, los dos nos morimos de verdad."
"No te vas a equivocar."
"No tengo permiso para..."
"Tienes un plan."
Una sonrisa chueca le torció el bigote.
"Siempre tengo un plan."
Abrió un mapa sobre una caja y lo alisó con las manos.
"Sábado, a las seis de la mañana. Tú le dices a Fulvio que quieres pasar tu cumpleaños sola, en Cozumel, sin guardias. Un fin de semana de mujer. Él va a decir que sí, porque te quiere."
Dijo esa palabra sin burla.
Yo no respondí.
"Despegamos de Veracruz, tomamos rumbo al Golfo. A doscientos kilómetros de la costa, a tres mil metros, pongo el piloto automático en descenso. Tú y yo saltamos con paracaídas. Un primo mío nos espera con una lancha en el punto exacto."
"¿Y el jet?"
"Cae al mar. El combustible hace el resto."
"¿Y los restos?"
"Algunos van a aparecer. Otros no."
"¿Y la caja negra?"
Se quedó callado un momento.
"Esa es la parte que me preocupa."
Sentí el estómago frío.
"¿Por qué?"
"Porque cualquiera con paciencia puede leerla y ver que el avión cayó con alguien al mando, y no solo."
"¿Cuánto tiempo?"
"Semanas. Meses, si tienen suerte." Me miró con ojos duros. "Y después de eso, hija, no hay vuelta. Si Fulvio te encuentra, no te va a dejar ir. Si no te encuentra, va a arrasar el mundo."
"Lo sé."
"Tú lo conoces mejor que yo."
"Por eso."
Respiré hondo.
"Si me voy, me busca. Si muero, me deja ir."
El sábado a las seis de la mañana, el cielo sobre Veracruz estaba rojo.
Fulvio me acompañó hasta la pista.
Había insistido en llevarme, aunque le dije que no hacía falta.
Me besó en la boca, largo, con las manos en mi cara.
"Feliz cumpleaños, amor."
"Gracias."
"Llámame cuando llegues."
"Sí."
"Te quiero."
Lo miré a los ojos grises.
Pensé en los niños de cuatro años y en el mismo gris.
"Yo también", dije.
No era mentira.
Era lo más horrible.
Subí al jet sin voltear.
La puerta se cerró.
El motor rugió.
Despegamos entre nubes color durazno, con el mar abajo, plano y brillante como un espejo.
Me puse el paracaídas en el asiento del copiloto, con las correas apretadas y las manos sudadas.
Wences, en el asiento del piloto, hablaba por radio con la torre.
"Control, aquí Charlie Delta Zulú, rumbo a Cozumel, nivel de vuelo tres cero cero."
"Charlie Delta Zulú, autorizado. Buen viaje."
Cuarenta minutos después, el mar se volvió oscuro.
Ya no se veía la costa.
"Aquí", dijo Wences.
Tocó un panel.
Se encendió una luz amarilla.
"Piloto automático en descenso. Tenemos cinco minutos antes de que baje de mil quinientos."
Se levantó, caminó hacia mí y me abrochó el casco.
Tenía el rostro sudoroso y los ojos brillantes.
"Escúchame. Abro la puerta. Saltas primero. Cuentas hasta tres, tiras de la manija roja. Yo salto después."
"¿Y si no se abre?"
"Se abre."
"¿Y si no salto?"
"Hija." Me tomó de los hombros. "Salta."
Abrió la puerta.
El viento entró como un puñetazo.
El ruido me llenó los oídos.
Allá abajo, el Golfo era una sábana negra con manchas de espuma.
Me quedé de pie en el borde, con los dedos clavados en el marco.
Pensé en Fulvio, dormido a mi lado, cada noche.
Pensé en las rosas.
Pensé en una mujer del vestido amarillo que sonreía.
Pensé en mi papá, el día que me dijo: "Nunca te quedes donde te mientan".
Salté.
La caída me sacó el aire del cuerpo.
Conté uno.
Dos.
Tres.
Tiré de la manija roja.
Un tirón violento me levantó por los hombros.
El mundo se detuvo.
Quedé suspendida, balanceándome, sobre un mar infinito.
Giré la cabeza.
Wences saltaba detrás de mí, como un pájaro negro, con el paracaídas abriéndose en una flor blanca.
Y más allá, solo, sin nadie, el jet seguía descendiendo, con la puerta abierta, como un animal herido, dibujando una línea recta hacia el agua.
Tocó la superficie a un kilómetro de mí.
El estallido fue una bola de fuego anaranjada que iluminó el mar durante tres segundos.
El sonido me llegó después, sordo, como un trueno lejano.
Cerré los ojos.
Me dolía el pecho.
Hacía cinco años que no respiraba así.
Nos recogió una lancha pesquera de casco azul.
El primo de Wences, un hombre moreno y callado, nos tendió los brazos y nos envolvió con mantas.
Temblaba.
Me temblaba todo el cuerpo.
Wences me puso una taza de café en las manos.
"Ya está", dijo. "Estás muerta."
Lo miré.
Quise reír.
No pude.
Entonces la radio de la lancha chisporroteó.
"...todas las unidades, atención. Orden directa del señor Fulvio Castellani. Cierre inmediato del puerto de Veracruz. Nadie sale ni entra. Se ofrecen cinco millones de pesos por cualquier información sobre la aeronave."
El primo de Wences apagó el motor.
Los tres nos quedamos escuchando el crepitar de la radio.
"Qué rápido se enteró", murmuró Wences.
Yo miré el horizonte negro.
Sentí, con una claridad súbita, que el mundo que acababa de dejar atrás ya había empezado a arder.