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Tres Minutos A Oscuras, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La hamaca

Natalia lo trata raro de día, él decide parar, y Keila lo encuentra en la terraza a las once, de rodillas.

Al tercer día decidí que iba a parar, y duré hasta el desayuno.

Natalia estaba sentada en la terraza con el café frío y el celular en la mano.

Cuando me acerqué, bloqueó la pantalla con el pulgar.

"¿Quién es?", pregunté por preguntar.

"Mi mamá. Dice que te manda saludos."

Keila pasó detrás de ella con un bikini rojo y una toalla al hombro.

Me miró un segundo, y yo aparté los ojos.

Era la mentira más fácil que yo había dicho en tres años.

"Mi amor, mañana me voy a Santa Marta", dijo Natalia sin levantar la vista.

"Una prima me invitó. Duermo allá y vuelvo en la tarde del día siguiente."

"¿Una prima? Nunca me hablaste de una prima."

"Tengo muchas primas."

Me sonrió, y esa sonrisa me dio frío.

Dos meses antes, Natalia ya no me pedía que la acompañara a ningún sitio.

Había dejado de contarme cosas de su trabajo, y su jefe aparecía en sus frases como una sombra.

Lo noté, y no quise notarlo.

Esa tarde caminé solo por la playa.

Keila me alcanzó a la altura de las rocas, con el pelo mojado y la sal secándosele en los hombros.

"Estás pensando en dejarlo", dijo.

"Estoy pensando en ser un hombre decente."

"Qué aburrido."

"Keila, es tu mejor amiga."

Ella se quedó mirando las olas, y por primera vez no hizo ningún chiste.

"Sí. Lo es", contestó.

"Y yo necesito plata, y tú necesitas que alguien te mire como se debe."

"Ninguno de los tres está haciendo nada decente aquí."

No entendí la mitad de eso.

Quise preguntarle, pero ella ya se había ido corriendo hacia el agua.

Esa noche, a las diez y cuarenta y ocho, Natalia salió con la linterna.

Me quedé en la terraza, en la hamaca, con una cerveza que no me quise tomar.

Había apagado todas las velas.

Quería sentarme a oscuras y decidir si iba a ser un cobarde o un imbécil.

La puerta del cuarto pequeño se abrió sin ruido.

Keila salió descalza, con una camisa mía que había sacado de la maleta.

Era blanca, de lino, y le llegaba a medio muslo.

"Te dije que ibas a tener visita", susurró.

"Vete a dormir."

"Cuando se corte la luz."

Se paró frente a la hamaca y me miró desde arriba.

Faltaban dos minutos, y el aire olía a sal y a lluvia lejana.

Se arrodilló en la madera.

"Keila, no."

"Dime que pare."

"No quiero que pares."

Lo dije sin saber si era verdad, y era verdad.

Dieron las once, y la oscuridad cayó como una tela.

Sus manos encontraron mi cinturón y lo abrieron sin ruido.

Me bajó el pantalón hasta las rodillas, y mi verga saltó libre, ya dura, ya palpitando.

Sentí su aliento antes que su boca.

Me besó la punta, suave, como saludando.

Después pasó la lengua por debajo, lenta, de la base hasta arriba.

Me aferré a las cuerdas de la hamaca.

"Shhh", dijo ella, y se rio contra mi piel.

Se metió la cabeza entera en la boca.

Estaba caliente y húmeda, y su lengua daba vueltas alrededor del glande con una precisión que me dejó sin aire.

Bajó un poco, y otro poco, hasta que sentí la garganta.

Mis caderas se levantaron solas.

Ella me puso una mano en el vientre y me empujó hacia atrás.

"Quieto", ordenó, con la boca todavía pegada a mí. "Hoy mando yo."

Volvió a tomarme, más profundo, con la saliva escurriéndole por la barbilla y por mis huevos.

Con la otra mano me agarró la base y me masturbó al ritmo de su boca.

El ruido era obsceno, mojado, y el mar apenas lo tapaba.

Yo mordí el borde de la hamaca para no gritar.

"Keila", gemí. "Keila, si sigues así..."

"Quiero que sigas", dijo, sin soltarme. "Acaba en mi boca. Dame todo."

La sacó un segundo para escupirme encima, y volvió a tragarme hasta el fondo.

La sentí contraer la garganta contra la punta.

Era demasiado.

Las piernas se me pusieron rígidas, la espalda se arqueó, y todo el cuerpo se me fue por la verga.

Acabé con un gruñido, dentro de su boca, en chorros largos que ella tragó uno a uno sin soltarme.

Siguió chupando hasta que ya no quedaba nada, y me soltó con un chasquido.

Me limpió con la lengua, con cuidado, y levantó la cara.

Aunque no podía verla, sabía que sonreía.

Click. La luz volvió.

El resplandor me cegó, y Keila ya estaba de pie, abrochándose la camisa, con la boca roja e hinchada.

Se limpió la comisura con el pulgar y se lo llevó a los labios.

"Cuatro minutos", dijo. "Me demoré uno más que la luz. No le digas a nadie."

Por el sendero se veía el brillo de la linterna de Natalia, lejos todavía.

Me subí el pantalón con las manos temblando.

"Mañana..." empecé.

"Mañana Natalia duerme en Santa Marta", me cortó Keila.

Se inclinó y me besó la oreja.

"Va a haber noche entera, Cami. Y dormir no vas a poder."

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