Desaparecida en el fuego, novela · Capítulo 8 de 24
Capítulo 8: El perito
Abrí la puerta con la cadena puesta.
Del otro lado había un hombre alto, de barba corta y ojos oscuros, con una chaqueta azul marino y la mano extendida con algo brillante en la palma.
Mi anillo de matrimonio.
Los dedos que lo sostenían eran grandes, ásperos, con cicatrices blancas de quemaduras viejas en los nudillos.
"Salvador Oyarzún", dijo. "Perito de la Aseguradora Austral."
"Se equivoca de persona."
"Ojalá."
"Yo me llamo Nadia."
"Sí. Nadia Soto. La viuda de la pensión me dijo que paga por adelantado y no hace ruido." Su voz era tranquila, sin amenaza. "Seguí a Teresa Ibáñez hasta aquí. No fue difícil. Es una mujer que fuma a escondidas y mira por encima del hombro."
Se me secó la boca.
"¿La amenazó?"
"No. Le mostré lo que encontré en las ruinas."
Sacó del bolsillo un sobre delgado y me lo pasó por el hueco de la puerta.
Dentro había fotografías.
Eran del sótano de la casa del lago, tomadas a la luz del día, entre cenizas.
Pedazos de una caja negra, fundida, con un cable rojo y otro azul.
Una válvula de seguridad en un rincón, intacta, envuelta en un trapo.
Cuñas de madera quemadas en el marco de las ventanas, clavadas desde afuera.
"Un temporizador", dijo. "Un regulador sin válvula. Un candado en la puerta trasera. Alguien quería que el fuego empezara a las 22:40, y alguien quería que nadie saliera."
Cerré los ojos.
"Y no hay cuerpo", prosiguió. "En un incendio como ese la temperatura llega a mil grados. Hay huesos, hay dientes, hay algo. No encontré nada en el dormitorio. Ni en ninguna parte."
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