Fui La Nueva Muñeca Humana De La Tienda, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Toda la noche
Con las muñecas sujetas al cabecero, Milagros es la muñeca de Máximo hasta que el cierre se abre a las seis.
Máximo dejó el celular en la mesa de noche, boca abajo.
"Seis horas y media", dijo.
"Seis horas y media."
"No hay tenazas, no hay código, no hay nadie que venga."
"Sí, nadie."
Se miró las manos, y después me miró a mí, tendida en el satín, con el short enredado en las medias y las muñecas estiradas.
"Entonces ya sé qué vamos a hacer con el tiempo", dijo.
La voz le había cambiado.
Seguía siendo grave y calmada, pero había algo debajo, algo oscuro y firme que me puso la piel de gallina.
"Dime qué."
"Hoy eres la muñeca nueva de la tienda."
"¿Y tú?"
"Yo soy el único cliente."
Me reí, nerviosa.
"Las muñecas no hablan", dijo él. "Ni se mueven. Solo se dejan."
"¿Y si me muevo?"
"Entonces dejo de tocarte hasta que te quedes quieta."
Mis muslos se apretaron solos.
"Trato", susurré.
Se levantó de la cama, se paró a los pies del colchón y me quitó las sandalias, una por una.
Después me bajó el short del todo, y las medias blancas, con una lentitud que me hizo temblar.
Los dejó caer al piso.
Subió por mi cuerpo con las manos abiertas.
Me levantó el top de tirantes hasta las axilas, y mis pechos quedaron al aire, bajo el neón rosado.
Máximo se quedó mirándolos.
"No tienes idea", murmuró.
"Dime."
"Las muñecas no piden."
Cerré la boca y me mordí el labio, y él sonrió.
Se llevó las manos a la camisa y empezó a desabotonarla.
Lo hizo despacio, sin quitarme los ojos de encima.
Cuando la camisa cayó al suelo, me quedé sin aire.
Tenía el pecho ancho, cubierto de vello oscuro, con algunas canas, y los brazos de quien carga sacos de cemento desde hace veinte años.
Una cicatriz le cruzaba las costillas.
Se desabrochó el cinturón y se bajó el pantalón con los calzoncillos de un solo tirón.
Su verga saltó libre, gruesa, larga, venosa, dura.
Yo la miré con la boca abierta.
"Ay, mamacita", se me escapó.
"Las muñecas no hablan."
"Perdón."
"Pero me gusta."
Subió a la cama de rodillas y se acomodó sobre mi pecho, apoyándose en el cabecero con una mano.
Su verga quedó frente a mi cara, caliente, a unos centímetros de mis labios.
"Abre la boca, muñeca."
Abrí.
Me la metió despacio, hasta la mitad, y gimió con la cabeza echada hacia atrás.
Yo no podía usar las manos.
Solo podía usar la boca, la lengua, la garganta.
Lo chupé con ganas, con todo el hambre acumulada de dos años de ventana.
Él me sostuvo la barbilla con una mano y empezó a moverse, lento, profundo.
"Qué boca", gruñó. "Qué boca más rica."
Seguí.
Me llenaba hasta que me lloraban los ojos, y a pesar de eso, o por eso, la concha me ardía de ganas.
"Para", dijo, de golpe. "Para o termino aquí."
Se la sacó con un hilo de saliva colgando.
Retrocedió sobre mi cuerpo, y me besó la boca, probándose a sí mismo.
Sus manos bajaron por mis tetas, mi vientre, mis caderas.
"Voy a cachar a mi muñeca", dijo contra mis labios.
"Sí."
"Dime que lo quieres."
"Las muñecas no hablan."
Soltó una carcajada, grave y feliz, y me besó otra vez.
"Eres terrible."
"Cáchame, Máximo."
Eso lo rompió.
Me abrió las piernas con las dos manos y se acomodó entre ellas.
El neón rosado le pintaba los hombros.
Su verga me rozó la entrada, mojada, hinchada.
Me miró a los ojos.
Entró despacio.
Primero la cabeza, que me abrió, y me arrancó un jadeo.
Después un poco más, y otro poco, hasta que sentí el fondo.
Era enorme.
Me llenaba entera, hasta el último rincón, y con las manos atadas no podía agarrarme de él para soportarlo.
Solo podía tomarlo.
Y lo tomé.
"Dios", susurró él, con la frente apoyada en la mía. "Qué apretada. Qué caliente."
Se quedó quieto, sintiéndome.
Después empezó a moverse.
Una embestida larga, una pausa. Otra, una pausa.
Cada vez salía casi del todo, y volvía a entrar hasta el final, rozándome por dentro de un modo que me volvía loca.
"Mira", me dijo.
Levanté los ojos.
En el espejo del techo nos veía a los dos: su espalda ancha, mis piernas abiertas, su culo apretándose con cada empuje.
Era la imagen más obscena y más hermosa que había visto en mi vida.
"Mírate", dijo. "Mira lo que haces."
"Máximo..."
"Buena muñeca."
Esas dos palabras me llegaron a las entrañas.
Me vine así, sin tocarme, con los ojos clavados en el espejo, gritando su nombre.
Mi concha se cerró alrededor de su verga en espasmos largos, y él gruñó y se detuvo hasta que terminé.
"Otra vez", dijo.
"No puedo."
"Las muñecas no pueden. Las muñecas se dejan."
Me embistió con más fuerza.
La cama se movía, el cabecero golpeaba la pared, y los aros acolchados tintineaban contra los barrotes.
Mis tetas se sacudían a cada golpe.
Él me agarró de las caderas y me levantó un poco, para cambiar el ángulo.
Me llegó más hondo todavía.
Me vine otra vez, casi enseguida, con un llanto ahogado.
"Eso es", jadeó. "Eso es."
Me soltó las caderas y se retiró, y me quedé vacía y desesperada.
"Voltéate", dijo.
"¿Cómo? Estoy atada."
"Los aros giran."
Tenía razón. Los aros acolchados estaban sujetos a una barra que giraba sobre sí misma, para que las muñecas de exhibición pudieran cambiar de pose.
Me giré con su ayuda, torpe, boca abajo, con los brazos cruzados sobre la cabeza y la cara pegada al satín.
Máximo me levantó las caderas con las dos manos, hasta ponerme de rodillas.
Mi culo quedó levantado hacia él, abierto, expuesto.
Oí cómo escupía en la mano y se frotaba.
Entró por detrás de un solo golpe.
Grité contra el colchón.
La posición lo hacía todo más hondo, más fuerte.
Sus manos me sujetaban de las caderas con una fuerza que dejaría marcas.
Me embistió con un ritmo rápido y brutal.
La piel de su pelvis chocaba contra la mía, con ruido de aplausos.
"Máximo, Máximo..."
"Dime."
"Más."
"Las muñecas no piden."
"¡Por favor!"
Se rió y me dio una nalgada seca.
Grité.
"Así", jadeó. "Así me gusta."
Me dio otra, y otra, y la piel me ardió.
El dolor se mezcló con el placer en una sola cosa.
Mi cuerpo, ese cuerpo que mi ex había llamado frío, ardía como un horno.
Me agarró del pelo con una mano, me levantó la cabeza, y me habló al oído.
"Mírate en el espejo."
Lo miré.
Me vi de rodillas, con el pelo en su puño, los ojos brillantes y la boca abierta.
Detrás de mí había un hombre enorme, tomándome sin piedad.
"Eres perfecta", dijo. "No hay nada defectuoso en ti."
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Me vine por tercera vez, con un grito que me dejó la garganta rota.
Él se vino conmigo.
Se hundió hasta el fondo, apretó los dientes, y se desbordó dentro de mí, caliente, abundante, con un rugido que le sacudió todo el cuerpo.
Nos quedamos así, jadeando.
Él me soltó el pelo con ternura, me acarició la espalda y me besó entre los omóplatos.
Me ayudó a girar de nuevo, boca arriba, y se acostó a mi lado.
Estaba cubierto de sudor.
Me limpió la cara con la sábana, y me besó los párpados.
"¿Cuánto falta?", pregunté.
Él miró el reloj.
"Cuatro horas."
"Entonces tenemos tiempo para otra", dije.
Él se rió.
"Eres insaciable."
"Dos años, Máximo."
"Dos años", repitió, y me besó la boca.
Lo hicimos otra vez, pero esta vez distinto.
Máximo se sentó contra el cabecero, con la espalda apoyada en los barrotes y las piernas estiradas.
Me levantó por la cintura, con los aros cruzados detrás de su nuca como si lo abrazara, y me bajó sobre su verga, de frente.
Mis rodillas se hundieron en el satín, a cada lado de sus caderas.
Ahora la que marcaba el ritmo era yo, dentro de lo que los aros me dejaban.
Subía y bajaba, despacio, apretándolo, mirándolo a los ojos.
Él me acariciaba la espalda, los costados, los pechos que le rozaban la boca.
Me los lamió, uno por uno, y me mordió los pezones.
"Qué buena", susurraba. "Qué buena eres."
"Dime otra vez."
"Eres buena. Eres lo mejor que me ha pasado en tres años."
Me quebré.
Me vine con la frente apoyada en la suya, sin gritos, llorando y riendo a la vez, mientras él me sujetaba la cara con las dos manos.
Y él se vino también, abrazado a mi cintura, con mi nombre en la boca.
Lo hicimos hasta que ya no podía moverme, ni hablar, ni pensar.
Me dormí a las cinco, sobre su pecho, con el sudor secándose en nuestra piel.
Me despertó un clic metálico.
Los aros se abrieron.
Eran las seis en punto.
Me froté las muñecas, y él me las besó una por una, sin decir nada.
Entonces se oyó otra llave en la puerta de la tienda.
Y la voz de mi mamá, desde la entrada:
"¿Hija? ¡Llegué temprano!"