¡Suegrito! Me atoré en la lavadora, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El taller
De madrugada baja al taller de Hipólito, y él la toma sobre el banco de carpintero.
Contesté la videollamada con el vestido todavía arrugado.
Wilmer apareció en la pantalla con su gorra y una sonrisa de dientes perfectos.
"Hola, mi amor. ¿Cómo está mi reina?"
"Bien."
"Te ves colorada."
"Hace calor."
"Ah." Se rascó la barba. "Escucha, la plata se me atrasó otra vez. El jefe no pagó. Pero el viernes te mando algo, te lo juro."
"Ya me lo dijiste el mes pasado."
"Ay, mi vida, no empieces."
Detrás de mí, en el patio, oí cómo Hipólito se alejaba hacia el taller, con pasos lentos.
Charlé tres minutos más.
Mentira tras mentira.
Cuando colgué, el corazón me dolía, pero no por él.
Pasé el resto del día cosiendo ropa ajena en la máquina del cuarto, con la puerta abierta, sin atreverme a mirar hacia el patio.
Hipólito no vino a almorzar.
Dejé el plato servido en la cocina, tapado con una servilleta.
A la noche, lo encontré vacío en el fregadero.
Me acosté a las diez.
A las doce seguía despierta.
A la una, oí el ruido.
Un zumbido lejano, rítmico.
Lija contra madera.
Me levanté.
Me puse una bata sobre el camisón, sin nada debajo, y bajé descalza al patio.
La luz del taller estaba encendida.
Era un cuarto grande, de paredes de ladrillo, con vigas bajas y estantes llenos de herramientas.
Olía a cedro, a cola, a barniz.
En el centro, bajo un foco amarillo, un banco de carpintero enorme, de roble oscuro, cubierto de virutas.
Hipólito estaba de pie junto al banco, de espaldas, con una lijadora de mano.
Llevaba solo el pantalón y una camiseta sin mangas, mojada de sudor.
Los brazos le brillaban.
Se dio vuelta al oírme.
Apagó la máquina.
El silencio cayó de golpe.
"Marlene", dijo.
"No podía dormir."
"Yo tampoco."
Cerré la puerta del taller con el pie.
"Quiero lo que sigue", dije.
Sus ojos se oscurecieron.
"Soy tu suegro."
"Lo sé."
"Soy el padre de tu marido."
"Y mi marido es un mentiroso que no me toca desde hace dos años."
"Es mi hijo."
"Entonces dime que me vaya, y me voy."
No dijo nada.
Dejó la lijadora sobre el banco, se limpió las manos en el pantalón, y dio tres pasos hacia mí.
Me tomó la cara con una mano.
La sentí enorme, cálida, áspera.
"No quiero que te vayas", dijo.
Me besó.
Fue un beso lento al principio, de boca cerrada, torpe de tanto aguantarse.
Después se abrió.
Su lengua me buscó, y su barba me raspó el mentón.
Le agarré la camiseta con las dos manos y gemí en su boca.
Me levantó en el aire como si pesara una pluma.
Me sentó sobre el banco, sobre las virutas, con las piernas abiertas.
Me desató la bata, y la dejó caer.
El camisón se me subió hasta la cintura.
Sus manos me recorrieron los muslos, las caderas, la cintura.
"Qué hermosa eres", dijo en voz baja. "Llevas dos años torturándome."
"Tú a mí."
Le saqué la camiseta por encima de la cabeza.
Su pecho era ancho, cubierto de vello oscuro y canoso, y lleno de cicatrices pequeñas de herramientas.
Le pasé las uñas por el abdomen, y se estremeció.
Se desabrochó el pantalón.
Cuando se lo bajó, me quedé sin aire.
Era enorme.
Grueso, largo, venoso, con una cabeza oscura y brillante.
"Dios mío", susurré.
"Mira lo que me haces."
"Me encanta."
Sonrió, por primera vez, de lado.
Me separó las rodillas, y se acomodó entre ellas.
La cabeza me rozó, caliente.
Me apoyé en los codos, con el pelo suelto sobre las virutas.
"Mírame", dijo.
Lo miré.
Entró.
Despacio, centímetro a centímetro, abriéndome de una forma tan completa que se me escapó un grito.
"Respira."
"No puedo."
"Sí puedes."
Seguí respirando, con las piernas temblando, las manos agarradas a sus antebrazos.
Cuando por fin quedó dentro hasta el fondo, nos quedamos quietos.
Sentía su pulso latir dentro de mí.
"Eres mía", murmuró.
"Soy tuya."
"Dilo otra vez."
"Soy tuya, Hipólito."
Empezó a moverse.
Con embestidas largas, profundas, que me levantaban del banco con cada golpe.
La madera crujía.
Las herramientas colgadas en la pared tintineaban.
Una cascada de virutas caía al suelo con cada impacto.
Me aferré a su cuello, con las piernas enroscadas en su cintura.
"Más fuerte", pedí.
Me agarró de las nalgas con las dos manos, me alzó, y me cogió así, sostenida en el aire, contra su pecho, de pie en medio del taller.
Su fuerza me hacía temblar.
Cada empuje me llegaba hasta el vientre, hasta el pecho, hasta la garganta.
Me vine con un grito que se perdió en su hombro, y me clavé en él con los dientes.
Gruñó.
No se detuvo.
Me apoyó contra la pared de ladrillo, con las manos a ambos lados de mi cabeza, y me embistió sin piedad.
"Otra vez", gruñó. "Vente otra vez."
"No puedo."
"Sí puedes."
Me vine de nuevo, llorando de placer, con las uñas arañándole la espalda.
Él gimió mi nombre, hundido hasta el fondo, y se vino con un rugido ahogado, en chorros calientes que me llenaron entera.
Nos quedamos pegados contra la pared, jadeando, con el sudor mezclado.
Me bajó al suelo con cuidado, y me sostuvo por la cintura hasta que mis rodillas dejaron de temblar.
Me besó la frente.
"Esto no es un error", dijo, y no era una pregunta.
"No."
"Vete a dormir. Mañana hablamos."
Subí a mi cuarto flotando.
Me dormí al alba, con su olor todavía en la piel.
Me despertó el timbre de la puerta.
El cartero entregó un sobre grueso, con membrete del banco.
Estaba dirigido a Hipólito Pesántez.
Lo abrí sin pensarlo.
La primera línea decía "Notificación de embargo".